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Siempre te recordaré I Parte

Submitted by ale on 03/09/2010 – 8:21 pmNo Comment

Alejandra Ramos Córdoba
Colaboradora de El Piadoso
banbi11@hotmail.com

Pilar contaba ya con 33 años, se consideraba una mujer normal, de estatura media, un poco regordeta y hermoso rostro. Trabajaba en un hospital privado de la ciudad como enfermera, gracias a que una amiga, al verla tan sola y desamparada, le ayudó a conseguir el trabajo sin un título, por lo que, con mucho esfuerzo y sacrificio, dedicaba sus horas de descanso a estudiar.

Cuando estaba en el hospital se sentía en su casa, sus compañeras de trabajo eran la única familia con la que contaba, ya que cuando estaba muy joven perdió a toda su familia en un accidente de tránsito.

Una tarde, mientras estaba de guardia, Pilar vio un tumulto en la sala de emergencias; un joven de 31 años tuvo un accidente en su carro y estaba muy grave. Pilar vio cómo su familia desesperada les hacía mil preguntas a los médicos y estos aturdidos por la emergencia solo respondieron que tenían que salir de la sala.

Compadecida con la situación, recordando las horas de soledad y desesperación que vivió mientras su familia agonizaba, sintió mucha pena por la familia del joven, así que se acercó tímidamente para ofrecer un vaso de agua a la madre afligida.

Cuando decidió que era prudente, entró a la sala de emergencias para preguntar por la condición del muchacho; la respuesta que recibió fue triste, el joven había sobrevivido, pero quedó ciego, además de esto se encontraba sumido en un coma profundo. Sin conocerlo, al mirarlo tan débil e indefenso tendido sobre la cama, la tristeza invadió su alma, sintió un gran dolor en su corazón, fue tanto el sentimiento que al momento se preguntó por qué se sentía así, a lo que ella misma se respondió que debía de ser por los recuerdos del pasado .

Salió de la sala sintiéndose agobiada y al tratar de escapar de la familia del joven, mientras tomaba el camino opuesto a ellos, una mano temblorosa se posó en su hombro, se volteó lentamente y al mirar los ojos suplicantes de aquella madre, sintió un fuerte dolor en el pecho; la madre con un hilo de voz le preguntó si su hijo había muerto.

Al escuchar la resignación en la voz de la dama, no pudo más que abrazarla y aclararle que su hijo estaba vivo, pero al sentir que las manos que le abrazaban se apretaban con fuerza, dijo: “Pero hay un problema”. La madre la separó un poco para mirar directamente a sus ojos y ella le guió hacia una silla, le ayudó a sentarse y le explicó paciente y suavemente que su hijo se encontraba en un sueño profundo del que quizá no despertaría jamás y si lo hacía no podría ver de nuevo ese rostro lleno de amor.

La madre lloró desconsolada entre sus brazos y las lágrimas nublaron la mirada de Pilar.

Al poco rato el padre del joven se acercó cauteloso a las dos mujeres y su esposa, al verlo, se levantó para rodearlo con sus brazos. El hombre, con suaves palabras, dijo: “Ya lo sé”. Y la mujer se echó a llorar desconsolada en los brazos de su marido.

Pilar discretamente se levantó y caminó despacio hacia su casillero, recogió sus cosas, marcó su salida y se fue a su casa con un nudo en la garganta y sintiéndose más sola y triste que nunca, sin poder entender por qué se sentía de esa forma.

Esa noche no pudo conciliar el sueño pensando en el joven tendido en la cama, el dolor de aquella familia y el recuerdo de la última vez que vio a la suya con vida.

Al día siguiente cuando acudió a su trabajo el joven ya no se encontraba en la sala de emergencias y no vio por ninguna parte a la familia, así que se distrajo haciendo su trabajo.

A eso de las cuatro de la tarde su compañera Aurora le informó que debían alistar una cama para un nuevo paciente.

Desinfectaron la cama, pusieron sábanas limpias y dispusieron de los medicamentos que el médico refirió. Se encontraban charlando cuando una llamada las puso a correr. El paciente estaba por llegar, se acercaron a la puerta del salón y cuando el camillero abrió la puerta empujándola con la camilla, Pilar se dio cuanta de que se trataba del joven de la noche anterior.

Se apresuró a ayudar con el traslado del joven en coma y cuando el camillero se retiró se apresuró a colocarle una vía con el suero, puso en el suero los medicamentos prescritos por el médico y, cuando terminó su labor, su mirada se posó en el joven. Era un joven muy apuesto, se veía tan indefenso y parecía que solo dormía.

La voz de Aurora la sacó de sus pensamientos. Era hora de irse a casa.

II Parte