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UN AMOR VERDAERO (I Parte)

Submitted by ale on 14/08/2010 – 12:10 pmNo Comment

Alejandra Ramos Córdoba
Colaboradora de El Piadoso
banbi11@hotmail.com

Hace poco una amiga me hizo una pregunta que me dejó intrigada. Ella quería saber si a los hombres les atraen más las mujeres malas o las buenas.

Sería difícil apuntar quién es bueno o malo; eso depende mucho del criterio de cada persona; así que le pregunté a qué se refería con malas o buenas y me respondió que a ella le parece que a los hombres, cuanto más mal se les trate, les sean infieles, salgan solas con amigas y amigos, pasen metidas en los bares de fiesta y menos atentas sean con ellos, se enamoran más de ellas. Quería saber qué está mal con las mujeres que se entregan, que son fieles, cariñosas, leales y dedicadas a su pareja.

Como bien dice el dicho, nadie es profeta en su propia tierra. Al ver a mi amiga angustiada, me quedé pensando que yo, como muchas otras mujeres, me he hecho la misma pregunta y no supe qué responderle, ya que yo misma no lo sé. Como yo soy muy curiosa y como es algo que a mí misma me gustaría saber, les pregunté a varios amigos y conocidos sobre el tema, las mujeres a las que le pregunté me dijeron casi todas lo mismo: “A los hombres, cuanto más a la patada los trate una mujer, más se mueren de amor por ella y a las que son buenas no las valoran por buenas”.

La opinión de los hombres estuvo muy dividida; unos piensan que a ellos cuanto más los trate mal una mujer, más se enamoran.

Otros me dijeron que les gustan las mujeres difíciles, pero que cuando se sienten muy seguros de ellas ya no les interesa. A otros les gusta que las mujeres no sean ni malas ni buenas, sino término medio; a otros les gustan las que son fieles, cariñosas, detallistas, que los acompañan a sus actividades, como al fútbol, fiestas, bares, etc.…de esta forma disfrutan juntos y no tienen que andar buscando lo que no se les h perdido. Por otro lado les gustan las caseras, las estudiosas…

La respuesta que más me llamó la atención fue la de un señor ya entrado en edad, al que me encontré sentado en una banca del parque de una iglesia. Al preguntarle cuál era su opinión al respecto me dijo que iba a ser mal educado y me iba a responder con una pregunta; quería saber qué me habían respondido los hombres a los que les consulté antes. Cuando le comenté las respuestas, quiso saber qué edades tenían estos hombres; cuando le mencioné que eran hombres relativamente jóvenes me dijo: – Ahí está el detalle- y prosiguió – Yo soy un viejo, he vivido mucho, en esta vida, he conocido y andado por muchos caminos y si le contara todas mis andanzas la dejaría con la boca abierta.

Mujeres he conocido muchas, buenas, malas, peores, de todo tipo, lástima que tuve que vivir tanto para llegar a comprender lo que es realmente una mujer, pero una mujer que vale, si de joven un viejo como yo, me hubiera dicho lo que yo le voy a decir a usted, probablemente me hubiera burlado de él y le hubiera dicho que es un viejo necio, que no sabe nada y que está robando oxígeno como dicen los jóvenes de hoy.

Mire, muchacha, en esta vida lo que vale es lo que se lleva por dentro, algo que como le digo comprendí muy tarde para rectificar y eso es algo que me ha pesado por los años que arrastra este cuerpo encorvado y huesudo.

Como yo andaba con tiempo para escuchar una buena historia, me acomodé en la banca muy dispuesta a escuchar y mi amigo, al verme tan interesada, me devolvió el gesto con una gentil y apacible sonrisa.

“Cuando yo estaba joven era muy tímido y retraído; sin embargo tenía un amigo que era todo lo contrario a mí, era un parrandero de corazón y como usted bien sabe a uno en el tiempo de antes lo criaban para ser machista; entonces yo me le pegaba a mi amigo para aprender de él; así pues, nos la pasábamos en las cantinas y en los turnos de pueblo con cuanta mujer nos encontráramos, aunque yo para el licor nunca he sido muy bueno que digamos, pero las mujeres siempre fueron mi debilidad, por mi misma inmadurez; como yo era muy falto de experiencia, si una mujer me hacía ojitos, de esa me enamoraba, solo tenía que darme una risita coqueta para que yo perdiera la cabeza y se me olvidara el mundo entero, aunque bien sabía yo que solo me hacían ojitos para que las invitara a comerse o a tomarse algo.

Una vez, en un turno, conocí a una muchacha muy lindas; se llamaba María; todos los hombres que la conocían se enamoraban de ella, era casera, simpática, inteligente y bonita, muy bonita, siempre andaba bien arregladita, con ropas bien lavadas y planchadas, el pelo le olía bien bonito, a flores frescas, tenía unas manos suavecitas y pequeñitas como plumas blancas y una carita que parecía un pedacito de cielo.

Me acuerdo bien que estaba con unas amigas sentada ante una mesa comiéndose un tamal con agua dulce; ese día, cuando ella notó que yo la miraba, de cuando en cuando me volvía ver, se decía algo con sus amigas y se reían y yo medio tímido, medio baboso, me reía también.

En esa danza pasamos horas, hasta que se fueron. Un tiempo después la volví a ver, pero esta vez andaba con novio, la vi muy enamorada y como yo andaba baboseando por una muchacha que ni la hora me daba, pos seguí de menso con la baba caída.

Tiempo después, en otro turno, volví a ver a María, pero esta vez estaba sola, llorando desconsolada en un rincón y cuando me acerqué para ver si se encontraba bien, me dijo que se quería morir, que había llegado al turno para darle una sorpresa a su novio y lo encontró con otra muchacha. Cuando él la vio le dijo que se fuera para la casa y no lo molestara por que andaba en cosas de hombres, que se fuera a aplanchar o atizar el fogón. Al ver a María tan afligida y con el corazón partido le ofrecí mi pañuelo y la acompañé hasta su casa; desde ese día iniciamos una linda amistad.

II Parte