Un cuento sobre FERROCARRILES, BANANOS Y VAGANCIA
Calígula es un nombre que no aparece en ningún santoral conocido. Por más que me interesé en averiguar el origen de tal nombre entre los familiares de don Cali, allá por Palo Quemado de Pozos, ninguno de ellos, que bastantes son, recordó la razón que tuvo el abuelo en llamarlo así.
Ni en la iglesia de Pozos y mucho menos en la parroquia de Santa Ana quisieron bautizarlo con semejante nombre. No hubo más remedio que darle otro nombre aceptable. Propusieron el de Nerón pero las autoridades amenazaron a la familia con excomulgarla y echarla de Santa Ana.
Finalmente optaron por encaramarle el de Julio, pero recordando que el padrino iba a ser Cayito Céspedes, lo modificaron a Cayo Julio.
En fin, pareciera que los parientes que ponían los nombres a los chacalincillos era un fanático de la historia antigua romana. A pesar de su nombre, Cayo Julio Hernández, descendiente de los pioneros de ese apellido en Pozos, la gente se malacostumbró a llamarlo Cali, apocopando así el nombre del primer intento de bautizo. Jodida que es la gente de Palo Quemado.
Cali cursó con éxito todo el proceso de crecimiento: la infancia, la niñez, la adolescencia… hasta convertirse en un hombre hecho e izquierdo.
Era zurdo. Cierto día, después de haber perdido su trabajo en los Laguitos de Lindora, que consistía en impedir que algunas parejas de recién casados pobres pasaran su luna de miel en los verdes pastizales cercanos al laguito.
Ese trabajo y su afición por hacer siestas a lo largo de toda la jornada, hicieron posible que don Marcial Aguiluz, conocedor de las debilidades humanas, le ayudara a que durmiera plácidamente a cualquier hora del día: le cortó el rabo.
Un buen día, con una muleta en Obras Públicas, encontró de nuevo un trabajo. Lo asignaron a una cuadrilla de reparación de calles conformada por él y su jefe. De inmediato se dieron a la tarea de tratar de recordar qué era lo que tenían que hacer.
Por casualidad, estando la cuadrilla en aquel esfuerzo mental, pasó por allí un inspector de trabajo del ministerio y se quedó observándolos.
El jefe estaba tendido bajo la sombra de un güitite fumando un cigarrillo Piel Roja. A su lado, con los brazos haciendo de almohada tras de la nuca, lo hacía también Cali.
- ¿Qué está usted haciendo? – le vociferó al jefe.
- Usted lo ve, no estoy haciendo nada.
- ¿Y usted? – le gritó a Cali.
- Ayudándole al jefe, para eso me están pagando.
- Cuando de nuevo le cortaron el rabo sintió que le quitaban un gran peso de encima. Sin embargo, habían diez boquitas que poner a masticar.
Don Cali para lo único que no tenía pereza era paral estar embarazando, día y noche, a su señora, con la que llegó a tener seis carajillos y dos mocositas. Al no poder encontrar quien le diera trabajo en todo el cantón, un buen día tomó el tren de las dos de la tarde, el Pachuco, hacia la zona atlántica.
Se presentó en las oficinas de la United (Yunai) Fruit Co., en la ciudad de Limón, solicitando trabajo. Un gringo sentimental, Mr. Nuras, lo acogió con benevolencia, y lo remitió con un conserje también gringo, Mr. Mómetros, a la oficina de personal.
- ¿Tiene usted alguna experiencia en sembrar el banano? – le preguntó Mr. Ciopelo, el encargado del personal.
Don Cali, pensando en su numerosa prole, le dejó ir al gringo una mirada asesina. Ciopelo le aclaró que el trabajo consistía en preparar el terreno, demarcar las hileras separadas por cierto número de metros, colocar la semilla y sentarse a esperar a que la monocotiledónea musácea pariera su racimo. sazonara, lo cortaron y lo mandaran a los Estados Unidos, país en el que la gente engorda a punta de bananos y de hot dogs. Don Cali quedó contratado y feliz de tener un güeso bastante descansado.
Continuamos narrando las aventuras laborales del ingenioso vago, don Cayo Julio Hernández, pero antes, con el perdón de los cultos lectores, recordemos algo sobre la historia del banano en Costa Rica.
Cierto día, del montón que tuvo el año 1995, el presidente de turno, don José María Figueres Olsen, de un solo boligrafazo (no usaba pluma), decidió eliminar los pitazos y el ruido que hacía el tren en nuestro país. Así fue como el Ferrocarril Eléctrico al Pacífico y la Northern Raiway Co. se fueron al carajo cantando “Viajera”, el viejo bolero de Luis Alcaraz.
Antes de 1870 – nos ilustraba, en su clase de Historia en la escuela Andrés Bello, tercer grado, la niña Cristobalina -, todo el comercio, las exportaciones e importaciones, y la comunicación con otros continentes, principalmente Europa, se realizaba mediante tránsito carretero de tracción bovina, entre la capital y Puntarenas y al revés si los bueyes todavía estaban con vida.
Como todavía faltaba mucho tiempo para que nacieran los hermanos Wright, Wilburg y Orville, inventores del primer aparato para volar más pesado que el aire, sea, el avión, no quedaba más camino que mandar por vía marítima nuestros sacos de café y recibir los últimos géneros para vestir a la última moda. arreando los barcos para abajo, hacia el polo Sur, dando la vuelta por el Cabo de Hornos, el lugar más peligroso del globo para navegar y. si el barco no naufragaba, agarrar para arriba rumbo al Viejo Continente.
En el año citado, 1870, nuestro presidente y dictador visionario, don Tomás Guardia Gutiérrez, sabedor de la gran necesidad que teníamos de contar con una vía que comunicara la costa atlántica con el altiplano central y casi en línea recta con Europa, gestionó la contratación de empréstitos para meterle el hombro a la idea y ponerla a caminar.
Esos empréstitos con empresarios ingleses, en su mayor parte, terminaron acomodándose en los bolsillos de alguna gente, un vicio que todavía hoy no hemos podido erradicar.
A pesar de ese pequeño desaguisado – hoy convertido en el más lucrativo deporte político-empresarial -, la formidable empresa en se contrató al año siguiente con el acaudalado norteamericano Henry Meiggs, con basta experiencia en ese tipo de realizaciones ya que había construido, unos años antes, un ferrocarril entre la ciudad de Santiago y el puerto de Valparaíso en Chile.
Un sobrino suyo, Minor C. Keith, era su brazo derecho, el de toda su confianza.
La magna obra se inició y para combatir las plagas y graves enfermedades propias de un clima como el que impera en la zona atlántica, en el que las fiebres malignas le caen a cualquiera hasta cuando se come un raisambins, se contrató gente afrocaribeña en Jamaica, y , para tenerla con la pancita llena y el corazón contento, también engancharon un montón de chinos que se encargaron del golpeteo de los cucharones en los bordes de las cazuelotas que llaman won.
En 1877, don Henry Meiggs tuvo que presentarse ante el gran Riteve Celestial. Este lo examinó minuciosamente moviendo negativamente su cabeza al notar faltas graves en su carburador (el corazón), en el radiador (el hígado), los frenos (incontinencia urinaria) y las llantas (las piernas ya no lo sostenían).
Le negaron el marchamo de 1878 y le quitaron las placas ahí mismo. Murió un poco desfinanciado. Su sobrino, don Minor, rodela al frente y tizona en alto, con su propio capital y el de otros inversionistas, continuó las obras, previas modificaciones contractuales, aceptadas por el gobierno de don Próspero Fernández Oreamuno en 1884, entre las que se le concedían, para resarcir la inversión, la explotación ferrocarrilera por 99 años así como la posesión de 3.200 hectáreas, a lo largo de la vía férrea, para establecer una plantación de banano.
Del Caribe y Panamá se trajeron las primeras semillas y con ellas el nacimiento de la United Fruit Co.
Esta forma de entregar los recursos de los costarricenses – terminó la niña Cristobalina -, todavía se conserva.
Sabia esta extraordinaria educadora: ¿acaso no somos los santaneños, los escazuceños, puriscaleños y pacacueños los que tenemos que pagar la carretera a Caldera a lo largo de un cachimbal de años?
Dilecto lector: no deje de perseguir el próximo número de la revista El Piadoso, para que se entere de las maravillosas andanzas del ingenioso vago, don Cayo Julio Hernández.

