NAVIDAD ES LA CONSAGRACIÓN DE LA VIDA
Fue San Francisco de Asís quien comenzó la tradición de hacer nacimientos o portales para remembrar el nacimiento de Jesús. Ningún otro se hubiera atrevido a poner énfasis en el origen humilde del Maestro; ningún otro hubiera encontrado la hermandad que existe entre todas y cada una de las cosas que existen en el universo: hermano sol, hermana luna, hermano lobo.
Para los seres humanos; el nacimiento es el inicio de una promesa, toda la potencialidad de un ser humano está allí, yaciendo en brazos de quien le protege, incapaz, indefenso, sonriendo y llorando para ser atendido. Francisco; quien tuvo que enfrentar a una Iglesia opulenta, nacida en el poder imperial de Constantino y soportada desde el trono de los reyes de Europa; logró ver la singularidad del acontecimiento. El Hijo de Dios, nace entre pastores, entre la gente de los campos, comparte el abrigo de los refugiados y el alimento entre sus semejantes.
La vida, nuestra vida; no es tan solo un acto de conciencia cerebral. Nuestras células mantienen procesos vitales con independencia de nuestra voluntad, tienen funciones especializadas en cada uno de los rincones de nuestro cuerpo, se unen en formas complejas como tejidos y órganos los cuales al igual que las células, los virus, los anticuerpos, las bacterias, entre otros, cumplen funciones querámoslo o no. Si algo falla en esta cadena de dependencias cada uno de los elementos concatenados muere y con ellos morimos también nosotros.
La vida en nuestro planeta depende de una relación singular con el sol, más cerca y el calor sería insoportable, más lejos y el frío mantendría congelada toda agua. El sistema solar, la galaxia y el universo mantienen relaciones similares de dependencia; cada cosa hace posible otra y así sucesivamente.
Muchos ecólogos han tomado conciencia de las cadenas de dependencia o de hermandad que hay entre todo lo que existe; la física cuántica, pone la situación aún más compleja; algo puede ser y no ser o, ser muchas veces. No sabemos por qué el átomo mantiene su “integridad”, tampoco sabemos si el universo dejará o no de expandirse, llegando toda materia a dividirse infinitamente. Si sabemos, que estamos vivos, que la vida es el estado más maravilloso de la materia y que la vida para existir requiere de una cadena infinita de dependencias. Todos somos hermanos y hermanas de todo en el universo.
El nacimiento de Jesús, no se enmarca entonces como el nacimiento del rey de reyes, o de alguien que siendo poderoso se relaciona con los humildes. Se propone como el nacimiento de una parte que complementa la complejidad de la creación. Con un nuevo ingrediente para la historia humana; el amor.
Hay un impulso mayor que hace que las cosas sucedan; los glóbulos blancos se lanzan al ataque de los virus enemigos sin importar cuantos mueran, defienden al organismo mayor por un impulso superior a ellos mismos, el corazón empieza a latir en nuestro primer momento y deja de hacerlo en el momento final de nuestra vida, lo mismo que cada célula, bacteria o virus de nuestro cuerpo. La vida entonces tiene algo que la hace posible, una intencionalidad más grande que sí misma; el amor.
Era necesario nacer donde el amor es más se necesitaba o donde el amor prospera sin límites, donde una nueva vida que llega al mundo es sagrada tal cual, o donde la vida es cuestionada de acuerdo a su origen. Jesús nació entre la gente y prosperó entre la gente. Midió las cosas por la capacidad de amor en cada una de ellas. Amó a las personas a pesar de ellas mismas. San Francisco entendió que el Dios niño, era uno siempre; como un niño que derrama su sonrisa y su llanto y hace que todo a su alrededor se mueva a socorrerle a inyectarse un poco de la ternura, la paz, la armonía y la belleza que hay en un ser que está libre de la contaminación del medio. Años después ese mismo niño ya hecho hombre nos demuestra lo inútil de la muerte, efímera y vana ante la complejidad de la vida. Es tal vez porque la muerte real, es la falta del espíritu primario de la vida; el amor.
La navidad, es entonces nuestro momento de comunión con el espíritu primario de la creación, el universo es un acto de amor del Altísimo, su presencia está en cada instante del tiempo y en cada partícula de materia, está en nosotros y se manifiesta de manera permanente, cada instante de vida es un éxtasis y metamorfosis, cada muerte alimenta nueva vida que se proyecta al infinito. El Dios que nace no llena el espacio de un Dios que muere, sino de un Dios que se complementa y se manifiesta, somos la imagen y semejanza de Dios porque somos amor, existimos por el amor y morimos en el amor.
La violencia entonces es la negación del amor, el aprovechamiento de los demás, la explotación inadecuada de los recursos de la naturaleza, la contaminación es también negación del amor.
Es navidad entonces la consagración de la vida; Dios nos regala parte de si en estas fechas, su hijo nacido de los más profundo de la totalidad; el amor.







