Me extraña, araña
Tengo la dicha o la desdicha de viajar casi a diario en autobús, en que satisfago el pasaje con presentación de la cédula. En esta me cupo en suerte quedar fotografiado con cara de persona de buena familia. Otras veces, para identificarme en esa foto debía concentrarme, pues aparecía con cara de pocos amigos, de asaltabancos o de feroz drogadicto.
A menudo abordo un bus que me traslada desde un barrio a San José.
El chofer tiene dificultad para leer el número de la cédula (no tiene maquinilla chequeadora) no sé si por dificultades de la vista o de cerebro, pues le lleva mucho rato leer los siete dígitos.
Puesto ya en el padrón de pasajeros, se oye un retumbo en la unidad y esta hace el arranque con fuertes estremecimientos; a cada cambio de marcha se oye un barrenazo y estornudo, como de gripe porcina. Así vamos avanzando sin saber en qué momento el chofer anuncia que “hasta aquí llegamos”.
Del conductor diré que tiene el rostro flacamente deformado; el cabello, si así puede llamársele, se dispara hacia arriba, rebelde a todo peine y, como especie de parabrisas, exhibe unos anteojos para el sol demasiado grandes; la mitad de sus dientes ni él sabe donde se quedaron perdidos.
En resumen, el autobús casi no sirve, el chofer conduce el chunche que parece merecer. Los pasajeros, bien encomendados a Dios, aspiran a llegar pronto a sus destinos resignados a lo que pueda pasar.
En mi asiento yo sonrío, pues simpatizo con ese conductor resignado a su suerte, contento de vivir y trabajar, gentil y educado.
Al bajar por las gradas, ya en San José, él me mira amistoso y me pregunta: “Caballero, ¿sabe qué le dijo la mosca a la araña? – Me extraña, araña”.
Le agradezco que, al bajar, haya logrado que me sienta feliz, no tanto por finalizar el viaje, sino por lo pintoresco del bus, el chofer y el trayecto.







