PERSONAS Y LUGARES
Guillermo Ramos Morales
Tal vez no haya nada más complejo que las relaciones humanas.
Sobre la autenticidad de las manifestaciones, tanto nuestras como ajenas, no tenemos garantía y generalmente nos dejamos llevar por apariencias.
Hoy, cuando he sabido que aquel viejo amigo y profesor ha muerto y sus cenizas fueron entregadas al viento, trato de saber hasta dónde llegó el afecto que nos tuvimos, el respeto y la cortesía mutuas.
Conocí a quien más tarde fue su esposa, cuando ella era una joven hermosa y risueña, mucho antes de conocerlo a él. Más tarde, vine a ser su discípulo en el colegio y los términos de nuestra relación nunca cambiaron.
Muchos años pasaron luego sin vernos, hasta que las circunstancias de la vida hicieron que nos reencontráramos, cuando él ya estaba pensionado y yo me había puesto más viejo. Pero ahora había un factor nuevo: se había vuelto un alcohólico consumado a quien a veces miraba, al pasar, sentado en el corredor de su casa, semidormido, murmurando sus monólogos, con los brazos cruzados.
Hoy me he puesto a pensar por qué, en los últimos años, cuando me lo encontraba en la calle, pidiendo dinero para beber, se me acercaba en busca de algunas monedas y, llamándome mijo, con tristeza en la mirada.
Ahora ya casi no recuerdo su nombre y cuando la imagen de su cara me viene a la mente, vuelvo a oír que me dice de nuevo: ¨¿Qué tal… mijo?¨ No sé entonces si me trata así por simple afecto o como una forma de poner en evidencia que, como “padre” se siente más experimentado que yo.

