BRUJERIAS
Guillermo Ramos Morales
Colaborador de El Piadoso
Como yo no creo es espantos, ellos tampoco creen en mí.
Bien sé que no hay explicación que valga para hechos y fenómenos desacostumbrados que llevan a la gente, vía sugestión, a confundir las imágenes que se desprenden del lado plateado de una hoja de plátano en una noche con algo de luna, con el ánima deambulante de alguien que, al morir, no dispuso de sus bienes o no pagó algún negro pecado; talvez ha vuelto al mundo a fisgonear que ha pasado después de su partida hacia el más allá.
Brujos y brujas conocen bien los caminos del misterio, la curiosidad y la duda. Son diestros en la manipulación de lo raro o inexplicable, de todo aquello que es capaz de pararnos el pelo.
Cualquier espanto no merece de mi parte sino ironías, menosprecio y burla. Así, una vez ridiculicé a un brujo merecedor de mucho crédito y éste, intrigado, me retó a pasar por una prueba.
Fui llevado a una amplia sala oscura cerca de la medianoche. Solitaria en el centro había una silla de madera en la que hube de sentarme pues, según el brujo, sería elevado hasta el cielo raso con todo y silla y luego descendería de nuevo hasta el piso.
Escuché cierta oración previa, abracadabresca, y esperé el pretendido ascenso, pero no pasó nada.
El brujo justificó su fracaso por mi falta de cooperación.
Nunca me ha gustado hacerle el juego al diablo, a quien hago retroceder con la vieja oración que aprendí de pequeño: “Sin fuerte venís…”.
