TIMEPO DE SIEMPRE
No somos iguales
Ante la muerte se dice que todos somos iguales, pero de allí en fuera la cosa cambia y puede llevarnos a situaciones extremas que hagan válido el dicho “Pueblo pequeño, infierno grande”.
En el Piedades de ayer se proclamaba la supuesta igualdad de los seres humanos, pero esto ha sido desmentido por los hechos y eso parece natural y, a ratos, razonable.
Diferencias entre personas las hubo siempre en el plano físico, económico, cultural, religioso y de más.
Muchas mujeres y hombres se quedaron solteros al no aparecer un o una pretendiente que calificara, pues había diferencias de clase social, determinadas por el factor económico y por otros factores.
Había también diferencias racistas. Un o una persona blanca y de ojos cheles no parecía estar al alcance de quien exhibiera otros pigmentos en la piel y en los ojos.
La religiosidad, su observancia estricta o más o menos liberal estableció grados de devoción y de servicio a Dios que podían o no influir decididamente en la escogencia de pareja.
En el caso de mi familia, mi padre tuvo la condición excepcional de ser un asalariado en un medio en que los asalariados eran muy pocos, como el maestro de escuela o el policía. El salario del jornalero, además de no ser fijo o permanente, era en extremo bajo.
A ciertas muchachas con aspiraciones de estudiar, se les privó de esto, no fuera que, por estar viajando a San José y desconectarse un poco del control familiar, pudieran salirse con una pata de banco.
Sin embargo, el rigor de tomar en cuenta esas diferencias de que hablamos, podía a veces quebrantarse y así sucedió que algún prójimo, sin mayores atestados, logró acceso a alguna excelente vecina, aparentemente sin merecerlo, dando lugar al dicho aquel de que “el peor chancho se lleva la mejor mazorca”.
Parece haber una tendencia a pretender que las cosas hay que obtenerlas según determinados méritos, reales o supuestos y así se decía de algunas fulanas, especialmente atractivas, que eran un bocado de cardenal, confundiendo así los méritos con los caprichos del paladar.
Con base en lo anteriormente dicho, me reafirmo en la convicción de que, en efecto, no somos iguales, pese a quien pesare.
