Un duende en el jardín

Un hombre pequeño, de pelo ensortijado blanco, se mueve de aquí a allá en el jardín de la iglesia. Corren los años cuarenta del siglo pasado. El se ocupa también de fabricar candelas para consumo del templo.
Al hacer su aparición o esconderse entre las matas del jardín, figura ser un duende bueno que está allí para divertir a los niños.
Vivía muy cerca de la iglesia; su casa tenía piso de tierra lustrado por gastadas escobas que arrastraban el polvo humedecido.
En la cara rugosa de aquel servidor de Dios sonreía la felicidad consistente en la ausencia de pecados.
Es por todo esto que ahora, de viejo, me remuerde la conciencia un recuerdo suyo: Vi cuando otro hombre, joven, lo traía sobre sus hombros hasta su casa y eso me hizo imaginar que dormía tal borrachera que le impidió caminar por su cuenta. Pero no fue así. Era que se había caído y dañado mientras trabaja en un terreno, allá por la Peña de los Pericos.
Tal vez se me haya hecho tarde para pedirle perdón a aquel amigo de infancia: Don Sixto Villalobos.
