Una gorda mucho que ver
Por Guillermo Ramos Morales
Mientras espero la entrega de medicinas en un EBAIS debo soportar y disfrutar el panorama humano que se me ofrece, las conversaciones y las distintas formas en que los pacientes procuran aliviar la espera.
A mi lado una señora dice a su vecina que en tales momentos de espera se le ocurre que le haría bien un cigarrillo o un buen trago pero la mujer sentada a su derecha opina que no debe cambiar sus malestares presentes por otros peores en el futuro.
Al frente, en otra fila de bancas, observo a una señora de unos setenta canosos años. Tiene el pelo de su cabeza rapado de abajo a arriba hasta el centro de las orejas; más arriba aun el pelo le crece con cierto afán de rebeldía; frente a los risueños ojos lleva unas gafas para el sol de gruesa armazón y refrescante color; los labios lucen bordeados con la punta de un lápiz azul; los bordes de las orejas están repletos de aretes y parecen enteramente metálicos.
En las puntas de sus regordetes brazos sobresalen sus uñas de color plateado; lleva muchos anillos y pulseras de fantasía.
Casi no queda un pequeño espacio en ninguna esquina de su cuerpo sin algún tatuaje, joya u otra clase de adorno.
Todo parece indicar que lo que más le interesa es llamar la atención. Un hombre a mi lado hace varios intentos para demostrarle que ha despertado interés en él como mujer de indiscutibles atributos, pero, para sorpresa de quienes estamos presentes, ella se le encara y le dice: “¿Sabe qué?, nada que ver”.
