VOLANDO BAJO
Viví en un lugar conocido como zona bananera. Pude presenciar la vida que discurre bajo la sombra de las hojas de banano, los racimos colgantes, su acarreo por cables, el ajetreo de los peones bajo la lluvia y todos los pormenores relativos al cultivo y la recolección.
A veces, en largas mañanas o tardes, atravesé a pie, a caballo, o en algún vehículo extensas plantaciones, sin toparme en ningún momento con seres humanos, en medio de una soledad interminable. Llevaba entonces algún bastón no para sostenerme sino por si acaso apareciera por allí alguna terciopelo.
En esas soledades uno puede ser privado de la vida, enterrado y cubierto con hojas secas fácilmente, porque la tierra allí es fácil de escarbar, pues es muy suave y suelta. En esas travesías, que a veces duraban horas, llevaba a mano mi arma de fuego Al dispararse ésta, las detonaciones podían escucharse a larga distancia, pues se desplazaban fácilmente por la verde llanura.
Ciertos días, generalmente en fin de semana, acostumbraba reunirme con algunos pilotos fumigadores que llegaban a consumir cerveza en un bar situado frente al cementerio. Con ellos conversé largamente; los interrogué con respecto al peligro de su trabajo. Para fumigar, debían bajar con sus naves hasta casi tocar el techo de los bananales y estar atentos para eludir las ramas de ciertos árboles, pues un impacto contra ellos sería fatal.
Uno de esos pilotos, con quien hice buena amistad, me propuso varias veces acompañarlo en el sobrevuelo de los bananales, pero nunca se lo acepté, en parte tomando en cuenta su condición de alcohólico.
Un día decidí retirarme de aquella zona y retornar a la capital.
Más o menos un mes después, ese piloto amigo perdió la vida al colisionar cerca de la finca que yo cuidaba.
Más tarde, cuando fui a ver el sitio de la tragedia, me di la razón por no haber aceptado sus invitaciones a volar tan bajo.







