Una bella espantadora
SUSTO Y MEDIO ( Primera de tres partes)

El susto
- ¡Mirá, que todavía se me eriza la piel con solo recordarlo! -, y al decir esto don Gerardo “Chochón” Rivera se pasó su manota derecha por sobre el brazo y el antebrazo izquierdos tratando de acostar la maraña hirsuta de aquella extremidad.
- ¿Pero qué fue lo que te pasó? – inquirí completamente intrigado.
- Mirá, viejo, tal vez es que a uno se le olvidan las cosas de la iglesia y deja todo para más adelante...
- Dejá de lamentarte y contame...¿qué te pasó, Chochoncito?
- Figurate que una noche de estas venía yo muy cansado con el trailer, como a las nueve de la noche, entre Cañas y Limonal, allá, en Guanacaste. Había tenido que ir a dejar un viaje de tubos a Nosara y después de descargar me eché unas birrillas en Nicoya y arranqué rumbo a Pozos. No más de 1.36 en un alcoholímetro si un inspector de tránsito me hubiera puesto a sonar la cornetilla. Para que se me hiciera corto el camino me puse a pensar en que el uno a cero que Saprissa le clavó a la Liga no fue justo por culpa del árbitro que es un perfecto tal por cual: nos anuló otros dos goles legítimos (en realidad no dijo tal por cual sino una palabreja que dejó a la mamá del sopla pitos con la reputación por los suelos).
- Pero ¿qué fue la carajada? – insistí impaciente.
Chochón se pasó la lengua por los labios, no sé si por nervios al recordar el suceso o el sabor de las birrillas.
- Pues... cuando venía atravesando la ciudad de Cañas, sentí como las birras se me iban acomodando en la vejiga que, poco antes de llegar a Limonal, amenazaban con desbordar la represa e inundarme los pantalones, las medias y los zapatos en cualquier instante. Tuve que arrimar el chunche al lado de un matorral en un lugar muy oscuro y desolado. Bajé, corrí hacia el matorral, desenvainé y me fui escurriendo a chorro pelado. Pero no hice más que empezar a desinflar la vejiga cuando la maleza alta del charral se removió con violencia y una mujer que estaba de espaldas, de bonito cuerpo por cierto, se incorporó apresuradamente subiéndose los calzones ya que la sorprendí, sin quererlo, en medio de una necesidad urgente. Se volvió llena de ira hacia mí gritándome: “- ¡Diay, cabrón, por qué no va a bañar en miaus a su agüela!”
- ¡Siás bárbaro!... Alguna vecina con problemas estomacales...
- ¡Esperate! ¡Quedé horrorizado con la furia que se le escapaba de los chispeantes ojos a la dama... de la dama o de no sé qué, porque de pronto noté como la cara se le iba alargando más de una cuarta, las orejitas también lo hicieron pero en forma de cartuchos grandes en punta, los huequecillos de la nariz, que al principio se parecía a la de Elizabeth Taylor , se fueron corriendo hacia abajo abriéndose como dos cholos de mesa de pool. Entre las orejas brotó un poco de crin desordenada. Me mostró una enorme dentadura amarillenta que amenazaba con mandarme un tarascazo... ¡Dios mío... la Segua! Me envolvió la cara con una calidad de relincho matizado con un espantoso aliento, que me hizo recordar los antiguos escusados de hueco. Empinaba los labios como queriendo darme un beso.
- ¡Hijuep... ¿Qué hiciste, Chochoncito? -, le apuré.
- Mirá... Del terror que se apoderó de mí casi cambio la miada por algo más pastoso... ¡pero me aguanté porque no llevaba papel higiénico! En un puro temblor me subí al chunche y realmente no sé como diablos llegué a Santa Ana esa noche.
El medio susto.
Aquella fantasmal pesadilla sucedida a mi buen amigo me hizo recordar un extraño suceso en el que me vi envuelto, hará de esto unos cincuenta años, cuando todavía no había ingresado en la cofradía de los cazados. Vivía en el barrio San Cayetano y desde allí me trasladaba en autobús hasta Piedades, aquí en Santa Ana. Visitaba a una amiguita allá por el cementerio, por donde vivía el finado Willy Cedeño. De regreso a mi barrio tenía que hacerlo tomando el último autobús que salía de la parada en Piedades, cerca de la Enramada, el mejor sitio para mover el esqueleto de todo el cantón en aquellos inolvidables tiempos y donde se vendía el mejor arroz con gallina que yo haya comido en toda la vida. Pero a menudo, sobre todo cuando quien manejaba el bus era César Sibaja (El Chésaro), para quitarle el pasaje a los buses de Escazú en el cruce de San Rafael, encendía el motor, los focos, y se largaba faltando cinco o siete minutos antes de las nueve de la noche. Por esta maldita costumbre me tocó volar trole en cinco oportunidades hasta llegar a la Boite Europa , un excelente bar y restaurante con salón de baile a media luz, propiedad de unos empleados del Banco de Costa Rica, que estaba situado donde hoy se levanta el Colonial, lado Oeste de la plaza de San Rafael, y por aquellos tiempos amenizada por una gran orquesta compuesta por músicos pensionados de la Sinfónica Nacional dirigidos por el maestro Edelberto Prado y con excelentes cantantes entre los que se destacaban Elizabeth Alvarado, Marcos Torres y el santaneño Quitos Aguilar, que entonces conformaba un trío serenatero junto con Nandín Castro y Quique Guerrero.
El extraño suceso ocurrió una noche de esas en la que me dejó el bus. Fue un 31 de octubre, el día de las brujas, el jalogüín. La noche oscurísima, sin luna ni estrellas. Todo lo que me hacía sentir acompañado era la brasa incandescentemente roja de un cigarrillo. Ya llevaba varios kilómetros arrastrando las suelas de los zapatos por el viejo pavimento de la carretera vieja... circulaba por el Alto de la Palomas, un lugar realmente desolado. De pronto, cuando el viento silbaba lúgubremente entre la arboleda, desde un charral cercano saltó al pavimento una esbelta dama de hermoso talle, embutido en un vestido blanco muy ceñido. Trastabilló en la calzada y sus zapatos de tacón alto dejaron oír algo así como el recular de un corcel. Con un impulso reflejo salté a su lado y la tomé de los brazos para que no cayera...
- ¡Gracias... encanto! – me dijo -, sos un perfecto caball...
- Es un gustazo haberla podido ayudar – le respondí sin dejarla acabar el agradecimiento, entrando de lleno en conversación -, ¿viene usted de alguna fiesta de jalogüín?
- ¿Por qué me lo pregunta, galante joven?
- Porque veo que todavía trae puesta una máscara de cara de caballo – o de yegua – que, a propósito, se le ve muy natural...
- ¡No me diga! – exclamó sobresaltada y en dos zancadas se volvió a meter dentro de otro charral. Se dejó de ver por algunos instantes para salir de nuevo radiante: quedé paralizado de admiración al verla de nuevo a mi lado. En la vida había visto a una mujer más bella. Parecía haber sido delineada en el interior de una gran cocacola: 92 – 29 – 92. Unas piernas como botellitas de boliche. La faz angelicalmente blanca adornada con un par de ojazos celestes y unos carnosos labios de rojo terciopelo y un hoyito que mediaba con encanto en el centro del mentón y que hacía juego con el par de camanances más perfectos que cachetes algunos hayan hendido. Una cascada de cabello platinado caía en suaves ondas sobre los desnudos y blancos hombros. Su manera de hablar era tan pausada y melodiosa que me hizo recordar a la María Callas cuando cantaba aquella ranchera de José Alfredo Jiménez: “Poco a poco me voy acercando a ti, poco a poco la distancia se va haciendo menos...” . Sin embargo, cuando se le escapaba una leve y coqueta tosecilla, que ella trataba de disimular cubriendo la boca con un fino pañuelo, me parecía escuchar un pequeño ahogo bronquial ligeramente relinchoso. Fuera de ese pequeño detalle todo lo demás era perfecto. También a ella el bus de las nueve la había dejado.
(Estimado lector: conserve esta primera parte del cuento para que la recuerde al recibir la segunda en el próximo número de El Piadoso ).
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