UNA BELLA ESPANTADORA
SUSTO Y MEDIO ( Segunda de tres partes)
Por Q.R.
Resumen de la primera parte: En ella se narra la espeluznante experiencia que sufrió, en una oscura noche guanacasteca, nuestro buen coterráneo, santaneño de Pozos, don Gerardo “Chochón” Rivera, cuando en mal momento se topó de narices con la Segua, y de cómo también al autor de esta asustadiza narración, después de haber perdido la última carrera del bus que salía, hace muchos años, de Piedades a San José a las nueve de la noche, tuvo que hacerlo a pie siguiendo la vieja carretera, una noche de jalogüín, en la que inesperadamente se le presentó una bella dama cuando caminaba ya por el solitario sitio del Alto de las Palomas.
Caminando al lado de mi inesperada y bella acompañante, busqué un tema de conversación:
- Todavía no me explico qué hace una damita tan joven en un paraje tan solitario a estas horas de la noche.
- Eso nunca ha sido un problema para mí – me respondió, - por lo general el problema es para los que tratan de ver qué agarran conmigo...
- ¿Usted no es de Santa Ana – aventuré –, es la primera vez que la veo...
- No. Yo soy de Tabarcia, uno de los pueblos más antiguos del país en el que cohabitaban indígenas y españoles. Hoy estamos casi igual porque en sus alrededores se concentra la mayor población huetar pura de Costa Rica. Mi familia desciende de la más rancia estirpe española. ¿No lo aburro?, ¿conoce usted algo de historia?
- Perdone mi ignorancia – le confesé -, lo único que sé es que se escribe con hache.
- No me extraña – me dijo compasivamente, volviéndome a ver con curiosidad -, con esa cara de baboso que te gastás. Pues escuche para que conozca por qué Tabarcia es un pueblo tan antiguo: los primeros españoles que llegaron a Costa Rica después del arribo de Cristóbal Colón el 17 de setiembre de 1502 a Cariay (Cariari, hoy puerto Limón), donde permaneció once días arreglando sus naves, lo hicieron por la única vía posible: la costa atlántica. Un ejemplo fue el de Diego de Nicuesa, primer gobernador de Costa Rica que entonces se llamaba Castilla del Oro. Allá por 1510 realizó una expedición desastrosa con unos setecientos hombres por la costa de la baja Talamanca , en la que gran parte de ellos dejaron blanqueando sus huesos. El desplazamiento de los españoles tierra adentro no fue posible sino hasta que Vasco Núñez de Balboa descubrió el océano Pacífico el 25 de setiembre de 1513. Así comenzaron las incursiones tierra adentro, desde las costas atlántica y pacífica después del viaje de descubrimientos que realizó Gonzalo Fernández de Córdoba por nuestras costas hoy de Puntarenas y Guanacaste.
- No hay duda alguna de que está usted bien enterada de esos ajetreos históricos – le interrumpí cuando ya pasábamos por la fábrica de muñecos Paco.
- Son los documentos que guardaba el tatarabuelo de mi tatarabuelo, don Equinolario de la Madrid, uno de los fundadores de Tabarcia y que vivía siempre en una pura juma desde el día en el que el cacique de la localidad, Pacacua, le enseñó a hacer chicha masticando maíz y plátanos maduros, echándolos en unas jícaras grandotas con agua y una hierbecilla que llaman siempreviva y dejando fermentar por diez o doce días. Pero continúo con la historia: - A partir de esos descubrimientos se empezaron a establecer poblaciones en las costas. Así en las nuestras el Fuerte de Matina en el Atlántico y el Puerto de Landecho en lo que hoy es Caldera. Pues bien, los gente que llegaba desde Europa y que quería atravesar el país hacia Landecho, como todavía irresponsablemente nadie había inventado el automóvil y mucho menos a alguien se le hubiera ocurrido culebrear carreteras, tenían que hacerlo a pie, o en bestias, subiendo y bajando montañas, desviándose por aquí y por allá un poco, por senderos apegados en lo posible a lo largo de una recta imaginaria entre ambos puertos.
- Es lógico – intervine yo para mostrarle algo de mis conocimientos al respecto -, como todavía no habían construido el Canal de Panamá, no tenían más remedio que hacerlo en la forma en que lo está usted detallando.
De nuevo me volvió a ver con curiosidad: -Me equivoqué con vos – me dijo, tuteándome -, no sos tan bruto como me lo había imaginado. Continuó su relato: Esa gente, a lo largo del trayecto, tenía necesariamente que llenar muchas necesidades. Nacieron entonces pequeños poblados en sitios ocupados por poblaciones indígenas ya cristianizadas y completamente obedientes a sus graciosas majestades, los reyes de España. Si usted toma un mapa de Costa Rica y traza una línea entre Matina y Caldera se va a sorprender al encontrar una serie de antiguos poblados que se situaron a lo largo de ese trazado: Matina, Tuís, Guayabo, Turrialba, Juan Viñas, que es el nombre de uno de los conquistadores, Orosi, la Ciudad del Lodo o Cartago, Curridabat (Currirabá el cacique), Acserrí, Tabarcia, mi pueblo, que en lengua huetar significa Entre ríos, Orotina u Orotiña y...Landecho o Caldera. Eran estancias indígenas encomendadas, una forma de esclavitud, a los ambiciosos conquistadores.
- Pareciera que a usted no le simpatizan mucho los españoles...
- Se equivoca. Recuerde que ya le hablé de mi ibérico linaje. Lo que pasó fue que – hace ya muchísimos años de esto – un viejo español que tenía unas cuantas caballerías de tierra -una medida agraria- arriba de Cuesta Blanca, por la entrada de Corralar, quiso en una ocasión propasarse conmigo queriendo saber si yo era aficionada a la silicona, pero me defendí y de una soberana patada que le pegué por sus partes pudendas...
- ¿Pudendas...?, ¿en qué parte de la geografía humana están las partes pudendas? – le interrumpí, revelando así mi completa ignorancia en cuestiones anatómicas
- En el caso tuyo – contestó, echándome encima una mirada de topógrafa titulada – como 67 centímetros para arriba de los tobillos...
- (Tiene que ser la billetera- me dije para mis adentros).
- ...pero no me interrumpa: de la patada que le di lo mandé a manosear las curvitas de las diablejas de la caldera mayor. Sin embargo, antes de entregarle definitivamente sus placas al Creador me lanzó una sentencia: “Maldita seas, bella mujer, que pateas más duro que Catato Cordero y más mula que Matapín Ramírez del Puerto, para que cada vez que a un cristiano se le caigan las babas al mirarte, tu bello rostro se vea transformado... en la cara... de un...” – y ya no pude escuchar más pues sus últimas palabras se las llevó el último tufillo que exhaló , no precisamente por la boca. Nunca le hice caso al conjuro, sin embargo, cuando me río a veces siento ganas como de relinchar y cuando voy al estadio del Saprissa... la verde y tierna gramilla que tiene me hace la boca agua. En fútbol soy fanática del Deportivo Las Yeguas de la distrital que se juega en Parrita.
Realmente conoce usted muy bien la historia de esta parte de Santa Ana , Villa Colón y Tabarcia. Yo siempre he sentido curiosidad por el origen de las minas de oro de Santa Ana...
La bella dama se quedó mirándome con una mezcla de interés y curiosidad. Me tomó de las orejas y me fue acercando a sus regordetes labios, a aquella boquita de la que escapaba un aliento oloroso a pasto recién cortado y me estampó un sonoro ósculo que fue poco a poco nublando mi cerebro, sumiéndome en un sopor para luego quedar profundamente dormido.
(Estimado lector: lo que ocurrió durante el lapso que permanecí dormido lo puede usted conocer al leer la tercera parte de este cuento).
Qué raro – pensé – me pareció haberme quedado dormido. Caminamos un trecho en silencio lo que me permitió pensar que mi acompañante no dejaba de tener razón. Con esas cavilaciones llegamos hasta las mismas puertas de la Boite Europa , de donde se dejaba escuchar la algarabía de la noche bailable de jalogüín. Como yo sabía que en ese lugar se disfrutaba hasta por ahí de la una o dos de la madrugada, la invité a que pasáramos un buen rato de jolgorio. Aceptó y allí bailamos toda la noche entre la mascarada de la noche de brujas. Recuerdo que bailando el mambo número cinco de Pérez Prado, descuidadamente mi pareja le dio un golpecito con el pie a otro bailarín que cubría su rostro con una máscara del Cadejos. Se dolió y se quejó ante mi dama:
- ¡Hijue...pucha! (en realidad dijo otra expresión muy parecida), ¡sentí como si me hubiera pateado una mula!
Ella, turbada por el incidente, se dirigió con prisa al baño de las damas del que regresó casi de inmediato cubriendo su bello rostro con la misma máscara de cara de caballo que traía puesta cuando nos encontramos en el Alto de las Palomas.
- ¡Qué natural y qué bien te queda! – le dije admirado tomándola de la mano. La concurrencia comenzó a aplaudirla haciéndole rueda y el animador del baile la premió con el primer lugar por su mascarada que consistía en un litro de güisqui etiqueta negra y cena para dos. Yo no cabía de la felicidad. Pero cuando ella quiso agradecer aquel simpático gesto, abrió la boca y dejó escapar un soberano relincho aromatizado con gasecillos sulfurosos y un verdadero fuego se desprendía de sus ahora saltones ojos. La concurrencia quedó horrorizada y desalojó el local en desordenada estampida. Los músicos renunciaron a la pensión de Hacienda y corrieron a pedir hueso de nuevo en la Sinfónica y el cantante Quitos Aguilar enmudeció del susto y se sopló carretera al Oeste, sobrepasó Santa Ana y no paró hasta llegar a Ciudad Colón donde renunció al canto y puso una gasolinera. Por mi parte, le había tomado tanto cariño que no tuve miedo alguno cuando con sus agitados labios y sus enormes y amarillentos dientes trató de darme un espantoso beso en el preciso momento en que, para mi defensa, se me vino un potente estornudo que disparó mi dentadura postiza dándole de lleno en el ojo derecho. Descontrolada, la Segua – que ya los estimados lectores habrán adivinado que era ella - reculó botando mesas y sillas, escapando al galope para perderse entre los cafetales de doña Florinda Flores, la de La Primavera.
Nunca más la volví a ver... yo... ¡yo que pensaba montarla en el próximo tope de Palmares!
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