
Estampa santaneña
UNA BELLA ESPANTADORA
SUSTO Y MEDIO ( Parte tres y final)
Por Q.R.
En esta parte de nuestro encuentro con la Segua relataremos el extraño suceso que me aconteció cuando mi ungulada compañera me sumió en un extraño sueño.
Solo logro recordar que cuando la Segua me agarró a besos, en lugar de entrar de lleno en una agradable batalla amorosa, me fui quedando profundamente dormido... empecé a soñar.
Me hallaba como flotando en medio de una acogedora bruma, de un tono auroargentado, que comenzó a disiparse levemente para darle lugar a una misteriosa sombra que se dirigía hacia mí envuelta en una aureola de bondad y amabilidad. Era una figura masculina de avanzada edad, impecablemente vestida con un traje negro, que avanzaba lentamente con un libro entre sus manos.
- ¿Se me parece usted mucho al padre del historiador Ricardo Fernández Guardia – aventuré a modo de saludo.
- En efecto joven, soy León Fernández. Y he venido a verle por ruego que me hiciera una amiga mutua de Tabarcia, que me suplicó le aclarara algunas dudas que usted tiene.
- Pues es un inmenso honor poder conversar con el padre de la historia costarricense, el fundador de los Archivos Nacionales...
- No me halague tanto y vamos al grano.
- Se trata, don León, que no tengo claro los pormenores de la explotación de la minería de oro en Santa Ana , concretamente de la época en que se realizó.
- Amigo mío, no es gran cosa la información que ha llegado a mí sobre ese tópico histórico. Recuerdo un estudio sobre minas que realizó un doctor alemán, Frantzius, posiblemente allá por los años 1865 – 1870, en el que manifiesta que “Durante los dos siglos pasados no se explotaron ningunas minas en Costa Rica”. Esto nos lleva a descartar la posibilidad de que las minas de oro situadas en Santa Ana fuesen explotadas en años posteriores a 1870 porque, lógicamente, en un período que abarca los últimos 138 años tendría que haber mucha documentación al respeto. Entonces debemos concluir, echándonos dos siglos antes de 1870, que las exploraciones mineras en Santa Ana ocurrieron entre 1562, año en que Juan de Caballón funda la ciudad del Castillo de Garci-Muñoz y 1670.
- ¡Claro – exclamé – clarísimo¡ Tiene que haber sido en esos primeros años de la Conquista. Recordemos que los españoles vinieron con dos propósitos: primero, enriquecerse y luego pacificar y cristianizar a los naturales de estas tierras. No otra cosa quedó constando en la narración de Andrés de Cereceda sobre el viaje de descubrimientos en la costa pacífica de nuestro país en 1522-1523.
- Podría ser – dijo don León – pero es muy difícil por no decir imposible fijar fechas. El Dr. Frantzius nos habla de una cuesta o un cerro de nombre Estrella que debe cruzarse para ir de la localidad indígena de Pacaca al valle de Tabarcia, conociéndose como el camino por la Estrella la encrucijada que hace con el que conduce al Puriscal. Agrega que muy posiblemente formó parte del camino para transporte en mulas hacia Panamá que ya existía desde la época de Juan Vásquez de Coronado (1563) y que pasaba por Pacaca y Quepo (sin la “s”).
- Pero... ¿qué tiene eso que ver con la explotación minera? – le pregunté.
- A eso voy, muchacho – y don León abrió el libro que traía -. Cito textualmente a Frantzius: “Extraño es que, cerca de este lugar que lleva el nombre de Estrella, existe una vieja mina, esto es, la antigua y arruinada “mina ahogada de los Españoles” situada en el Río del Oro, en el Valle de Santa Ana.
- Hasta que al fin – pensé – se me aclaró este asunto de la mina ahogada. No fue, como muchos santaneños piensan, que su explotación fue cuestión de uno o dos siglos atrás. Lo fue en los mismos orígenes de la conquista de nuestro país.
- Recuerdo – continuó mi ilustre interlocutor – que en julio de 1807, por información que tengo, un señor que se dedicaba a la minería por todo el país, don Manuel Alvarado, denunció una serie de descubrimientos mineros, de cobre, de plomo, de plata, e incluyó una de oro en el cerro del oro en Santa Ana , en una quebrada de lavaderos que fluye en el Río del Oro.
- Como usted lo dice – opiné, – un lavadero de arenas para buscar pepitas, no una mina en explotación como lo fue la mina ahogada.
- Puede que sea así...
Una ligera llovizna comenzó a caer disipando poco a poco aquella esplendorosa bruma y con ella también la figura elegante y señorial de don León se fue desdibujando hasta desaparecer. De pronto me vi caminando al lado de mi amiga camino a la Boite Europa.
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