Estampa santaneña
Por Q.R.
UNA HISTORIA DE REGAÑADAS
Desde su construcción como templo mayor de la devoción católica santaneña, allá por los años 1870-71, la feligresía siempre ha sido dirigida por un clero de abnegada vocación. De entre ellos se tienen siempre presentes dos sacerdotes: el padre Volio, don Jorge, y don Feliciano Álvarez, Chanito, quien nos llegó en 1957, después de ejercer su apostolado en el hermano cantón de Belén, y lo hizo a lo largo de dos décadas para finalmente quedarse para siempre entre nosotros. Aquí cosechó simpatías a granel y algunas antipatías que nunca dejan de faltar.
Al lado de estos santos varones también hizo historia un seglar santaneño también de purísima cepa: don Edwin Castro Guerrero, quien dedicó su larga vida al trabajo y al comercio. Los viejecillos del pueblo lo recuerdan, allá por los años veinte y treinta del siglo pasado, esperando con una carreta cargada de dulce tirada por bueyes, hacia la media noche, en la plaza de Santa Ana , a que otros tesoneros del trabajo, la industria y el comercio provenientes de Villa Colón, como el viejo pionero don Federico López Lutz, y de Piedades, se arrimaran con sus carretas cargadas también de dulce en tapa, atados y tamugas, para dirigirse en caravana por el polvoriento camino de tierra y grava que subía, cuesta arriba, desde el centro del pueblo, cruzando las propiedades de los Zamora, hasta el Alto de las Palomas, arriar los bueyes a San Rafael de Escazú y dirigirlos a la boca de la Sabana (hoy, la estatua de don León Cortés), sesteo obligatorio. Las carretas no podían ingresar, los días de mercado, al centro de la ciudad antes de las cinco de la mañana, hora a partir de la cual se apuraban los bueyes para tratar de ocupar los mejores lugares de venta en el “Mercado de Carretas” en el Paso de la Vaca.
De ida, cargados de dulce, de vuelta con los productos necesarios para abastecer, desde sus negocios, al vecindario del cantón. Don Edwin se destacó también en las áreas de la ganadería y del transporte público. Su gran labor la acompañó con su abnegación de esposo y padre. Su numerosa prole supo corresponderle con estudio, trabajo y desarrollo artístico musical y empresarial.
Es muy difícil ilustrar por escrito la singular forma con que el padre Chanito se expresaba. Aventuremos diciendo que lo hacía con algún grado de dificultad en la dicción, quizás por algún problema respiratorio o, como lo pintaban algunos, porque siempre andaba con una papa muy caliente dentro de la cavidad bucal. Lo cierto es que lo hacía dividiendo con algún énfasis las palabras.
Muchos todavía recordamos el gran salto que dio don Edwin desde su comisariato “La Central” – hoy la esquina que ocupa el Banco Popular – a la acera de enfrente, con la construcción del primer gran edificio que marcó el inicio de la transformación del centro de la ciudad. En él, don Edwin estableció el primer supermercado del cantón, con el mismo nombre del comisariato: “Super Central”. Entre las góndolas no faltaron algunas dedicadas a la ferretería y a la distribución de pinturas.
Timbra el teléfono. Don Edwin atiende:
- Aló, Super Central...
Bu en día, don E dwin...
- ¡Sea por Dios! ¿En qué puedo servirlo, padre Chanito?
- Don E dwin..., cre o que la i gle sia nece si ta ya u na ma nita de pin tura. ¿Tie ne su ficien te blan ca?
- Toda la que la iglesia necesite, padre Chanito.
- ¿U nos cua ren ta galo nes?
- Yo le mando cincuenta con todas las brochas que necesite y le recibo cualquier sobrante, ¡sea por Dios!
- ¡Y por la vir gen de San ta A na! Mán de mela a la Ca sa Cu ral con la fac- tura.
Después de una visita a alguna de las iglesias distritales, el padre Chanito llegó a la Casa Cural y encontró los corredores hasta el cielo raso de tarros de pintura. Apretujó con sus manos la sotana a la altura del corazón previniendo un infarto, mirando horrorizado la factura que le entregó el ama de llaves.
Los lectores pueden imaginarse el diálogo que se armó entre el padre y don Edwin, porque el primero nunca había llamado por teléfono para comprar la pintura ni pensaba tampoco pintar la iglesia, que en aquellos años el repello de las paredes todavía ocultaba la obra maestra de su construcción tal y como la admiramos hoy día.
¿Qué había pasado? La diablura sempiterna de un muchachito, sobrino del mismo don Edwin. Nuestro buen amigo, Wilkie Bolaños Castro, no solo supo darle realce al arte musical con su espléndida voz, que le hizo merecedor de renombrados premios nacionales e internacionales, sino que esa misma voz lo convirtió también en un excelente imitador. Era imposible diferenciar la imitación y la particular dicción vocal del sacerdote. Wilkie no dejaba pasar la ocasión cuando se trataba de tomarle el pelo a alguien.
Pero...
- ¿Có mo se le ocu rre con fesarme e so? – y Chanito se salió del confesionario, furioso, y le ordenó a la jovencita que se estaba confesando aquel jueves santo que se saliera de la iglesia. Los fervorosos creyentes que hacían fila para desocupar sus costales de mortales pecados (los veniales no abultan y se perdonan gratis) para volverlos a llenar después de la Semana Santa , quedaron desconcertados y sorprendidos por la inusual escena. La jovencita que se desprendía de sus atentados contra los Diez Mandamientos era una santaneñita de pura cepa, bosquejada por la Naturaleza con delicados trazos de su magnífico pincel dentro de un marco de jovialidad y simpatía, en otras palabras, recordando un viejo piropo, que si la belleza hubiese sido un mal doloroso, aquella santaneñita hubiese andado a grito pelado por estas calles de Dios.
Pero no dejemos al lector mordiéndose los labios por la curiosidad y la imaginación desenfrenada acerca de la calidad de pecado que nuestra amiguita confesó y que hizo al confesor perder los estribos. Un domingo, antes de la semana mayor, ella asistió con devoción a la misa de diez de la mañana vistiendo unos pantalones un poco ceñidos a su anatomía y que por entonces se empezaban a poner de moda. El padre Chanito, cuando dirigía su sermón a los feligreses desde el púlpito – que en esa época lo tenían todas las iglesias y hoy ya no -, se quedó atragantado cuando divisó a la atrevida damita:
- ¡O ye, tú, des cara da, sí, tú, que vis tes en for ma tan pe cami no sa..., sal de la ca sa del Se ñor! – y señalaba con un dedo índice a la feligresita y con el otro la puerta central de la iglesia. La joven, abriéndose paso entre la gente salió llorando del templo. Han pasado muchos años de aquel suceso y hoy aquella damita es una honorable matrona que peina canas y peina nietos y que debe recordar el viejo incidente con muy buen humor, toda vez que en la actualidad es normal que muchas jovencitas, otras que no lo son tanto y hasta viejecitas ya bien entradas en la cuarta edad, lleguen a la liturgia y a la bendición dominical enfardadas en cualquier cantidad de estilos de pantalones. También algunos hombres asisten con ellos. La mayoría hoy solo viste pantalonetas. La confesión fue un aireado reclamo cobrado al sacerdote por haberla puesto en ridículo delante de los santaneños. Quién sabe qué le dijo o qué no le dijo a Chanito para que este se saliera de sus casillas. Poco duró el entrevero, la amistad espiritual renació y el Padre Chanito siguió perdonando los pecadillos de su feligresita, la que siguió asistiendo a misa con tocado de terciopelo, falda hasta los tobillos y botas de montar. |