UN SANTANEÑO LEGENDARIO
Por Q.R.

Don Jafet Castro Guerrero (I PARTE)
Imposible desligar la figura señera, pequeña y enjuta de don Jafet Castro con viejo sector comercial que, allá por los años finales de la década de los cincuenta del siglo pasado, tenía la entonces villa de Santa Ana.
El centro, que se identificaba por las trescientas “varas” que hay entre lo que hoy es la licorera La Bruja y la Panadería Musmanni , iglesia y plaza de deportes en medio, era el área comercial, con su carnicería (Toño Araya), una farmacia en la esquina de lo que hoy es la sede central de Ricesa, pulperías (los Acuña), comisariatos (La Central de don Edwin Castro y La Guaria de Ángel Bermúdez ), una cantina que abría a las seis de la mañana y cerraba a las cinco idem del día siguiente (La Campeona), tres salones de baile ( La Flor Tropical , también de los Acuña, El Casino de don Manuel Libro y uno muy especial que cosechó tremenda fama entre la crema y nata de la más alta sociedad josefina que domingo a domingo atiborraba la “olla de carne” que se armaba en el salón central del edificio, entonces de madera, que hoy ocupan varias tiendas en la esquina de la panadería Musmanni : El Sol de Medianoche ).
Contiguo a la pulpería de los Acuña, exactamente frente a la gasolinera de don Ego Sibaja en lo que hoy es la “hamburguesería” de Cachila, en una casita de habitación de madera, de un solo piso con corredor al frente, dos habitaciones frontales ampliadas como saloncitos para la atención de la clientela y la parte trasera como cocina y casa de habitación, presentó credenciales, por aquellos años, un pequeño negocio familiar de comidas caseras, panadería y repostería y un pequeño bar esquinero: allí nació el Restaurante El Coco, nombre que recibió del apelativo que se le daba a uno de los hijos de la abuela, doña Luisa Aguilar Sáenz, quien era la encargada del área de amasado de las harinas que convertía en repostería y en una calidad de pan cuyos excitantes efluvios, aún hoy, cincuenta años después, mucha gente los recuerdan. Su hija, doña Flory Saboría Aguilar, dirigía la batería culinaria casera en la que los domingos campeaba siempre una reina: la sopa de mondongo. Eran los tiempos en los que el mondongo lo vendían al natural en las carnicerías, envuelto en su boñiga, y había que fajarse todo un día a punta de agua hirviendo y un cuchillo sin filo para dejarlo apetitosamente blanqueado y con un sabor concentrado que ya no lo da el mondongo centrifugado. Esa faena hacía que el fuerte olor del mondongo, el de la boñiga y su posterior cocción con hueso de jarrete, comunicaran a todo el vecindario que en alguna parte se estaba dando sabrosa cuenta de alguna panza de vaca. La fama de esa sopa en el Restaurante El coco llegó, como veremos, hasta la mismísima Asamblea Legislativa. Al frente del pequeño bar del negocio se encontraba un santaneño que dejó una huella imborrable: Don Jafet Castro Guerrero.
Jafet, Teina o Biñica, nombre y apelativos por los que entendía, era el clásico habitante rural del altiplano, malicioso, desconfiado, de una habilidad mental extraordinaria, capaz de realizar operaciones matemáticas mentalmente en multiplicaciones o divisiones, de dos o tres dígitos, cuando otros tenían necesariamente que recurrir al lápiz y el papel, abonando a esta cualidad el hecho de que en su generación la mayor parte de la gente que estudiaba en la zona rural apenas lograba avanzar hasta la conclusión de los estudios primarios. Su constitución física menuda no le impedía poseer un gran corazón que sabía repartir entre sus amigos y entre el vecindario. Puede afirmarse que don Jafet fue, con su vehículo particular, la primera ambulancia que tuvo Santa Ana. Sin importar la hora, de día o de noche, él socorría a quien necesitara asistencia médica inmediata en un hospital: ¡cuántos santaneños no estuvieron a punto de nacer en el “chunche” de Teina!
En nuestras siguientes entregas iremos reseñando algunos aspectos del diario vivir de este santaneño cuyo recuerdo permanece vivo entre quienes tuvimos la grata oportunidad de disfrutar de su amistad, a pesar de las tres décadas transcurridas desde su inolvidable partida, Recordémoslo con un par de sus sabrosas anécdotas, entre otras que iremos publicando en próximas ediciones.
Jafet y don Manuel Mora :
El licenciado Manuel Mora Valverde, desde la década de los años 20 del siglo pasado, fue un importante político que luchó toda su vida desde las trincheras ideológicas del socialismo. En sus inicios su ideología lo llegó a confrontar el ideario del Partido Reformista del padre Volio, don Jorge. Fue el principal ideólogo de las leyes que establecieron las Garantías Sociales en nuestro país. Figuró en varias legislaturas como diputado tanto en el Congreso Nacional (antes de 1949) como de la Asamblea Legislativa.
Pues bien, un día domingo, al medio día, ingresó al restaurante don Manuel, en aquel tiempo diputado, una figura gruesa de andar pausado, de vestido entero, acompañado por su señora y algunos nietos. Jafet, solícito, personalmente atendió al ilustre político:
- Mucho gusto, don Manuel, de tenerlo por aquí. ¿En qué podemos servirle?
Don Manuel se quitó el sombrero, miró a Jafet a través de sus anteojos tipo “culo de botella” para la miopía, devolvió el saludo y con su voz pausada y ronca inquirió: - Mire señor, un colega de la Asamblea me ha afamado mucho un pan que fabrican en su negocio, pero también la comida casera. ¿Qué tienen hoy?
- Tenemos arroz con pollo, lomo o lengua en salda especial con arroz blanco y casados...
- Me interesan los casados...
- Sí señor, tenemos de ¢2,50 y de ¢3,50.
- ¡Qué bien! ¿Y cuál es la diferencia?
- Me extraña esa pregunta, don Manuel, viniendo de una persona tan estudiada y tan culta como usted, pero en fin, la diferencia es de un colón.
Don Jafet y otro cliente
Un domingo al medio día, un cliente nuevo, luego de solicitar el menú, se decidió por un plato de lengua con arroz blanco. Fue atendido, comió con tan buen apetito que en un instante había despachado el pedido. Echó un poco la silla hacia atrás, cruzó las piernas, sacó un paquete de cigarrillos y se dedicó a fumar con sumo placer, mirando la vitrina que exhibía la colección de trofeos ganados por el equipo de fútbol Coco F.C.
Así le dio fuego como a tres o cuatro pitillos cuyas colillas iba apagando en el plato vacío. Al fin pidió la cuenta.
Jafet le preguntó al cliente si había quedado satisfecho, éste asintió y aquél le preguntó: Dígame una cosa, doncito, ¿piensa usted seguir viniendo por aquí?
Pues el servicio es bueno, la lengua estaba deliciosa... ¿pero por qué me lo pregunta?
- Es que a nosotros nos gusta siempre estar preparados y conocer bien los gustos de nuestra clientela. Así...¡la próxima vez le vamos a servir la comida en un cenicero!
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