UN SANTANEÑO LEGENDARIO
Por Q.R.

Don Jafet Castro Guerrero (II PARTE)
Cuando los quehaceres propios del Restaurante El coco lo permitían, Jafet dedicaba tiempo al ejercicio del comercio en pequeño, casi un entretenimiento personal. Se surtía de pequeñas trencitas de cebolla que adquirían en el negocio sus clientes; algunas cajuelas del mejor frijol, negro o rojo, cultivado entonces en Costa Rica, el de nuestro distrito de Pozos, el que “ya trae la sal y el sabor a pellejo de chancho” (creo que ya casi no se cultiva), y otras mercancías por el estilo. Se complacía en salir de madrugada con su vehículo y dirigirse hacia las campiñas alajuelenses, puntarenenses o guanacastecas, para regatear el precio de la fruta que los agricultores de esas zonas solían (aún lo hacen) sacar para su venta al lado de las carreteras. Así lo veíamos tanto comprando nances de los grandes en Atenas y San Mateo, como en los meses de julio y agosto recorriendo los polvorientos caminos rurales que conducían a los pueblitos mineros de las Juntas de Abangares, regateando el precio de algunas partidas de aguacates, de gran calidad, que se producían en esa zona.
Ya le habíamos alabado su habilidad para realizar mentalmente algunos cálculos matemáticos, en un tiempo en el que ni en sueños se podía imaginar la existencia de calculadorcillas de bolsillo, que hoy son utilizadas hasta por los monillos del Parque Bolívar para llevar con ellas la cuenta de los visitantes que llegan a tirarles cáscaras de maní y de banano. Lo recordamos regateando:
¿Cuántos aguacates tiene ahí, amigo?
Doscientos veintitrés a dos colones cad'uno.
Se los pago a uno setenta y cinco y me los llevo todos.
-¡Micaila! – gritó el abangareño mirando a Jafet con unos ojillos entrecerrados por la desconfianza. Por la puerta de la casita de madera, tostada por constante chisporroteo solar, apareció una agraciada cholilla de pelo lacio entrenzado, ojos de chumico, descalza, secándose las manos en un delantal fabricado con la manta de un saco de harina Sol del que posiblemente había sobrado material para fabricar también los calzoncillos del mercader de aguacates. Vos que sos estudiada... ¿cuánto son doscientos veintitrés aguacates a uno setenta y cinco cada uno?
La muchachita ingresó a la casa y a los diez minutos salió con un cuaderno en las manos: - A mi me salen treintisiete mil setecientos quince.
El guanacasteco volvió a mirar a Jafet con ojos de satisfacción pero este se dirigió a ella: ¡Muchachita: vuelva a hacer la multiplicación porque en alguna parte dejó usted guindando la coma de los decimales y los “pongo cinco y llevo uno”. Tiene que darle trescientos noventa colones con veinticinco céntimos.
Micaela se fue a hacer los nuevos cálculos y media hora después regresó: - Apá, ese señor es brujo... es lo que él dice.
- El viejillo se quedó mirando a Jafet lleno de admiración: -
¡no...sias bárbaro! ¡Qué talento! Como mi'has caido tan dia tiro dame solo cuatrocientos colones por todo. ¿Cuándo güelve?
Los aguacates Jafet los ponía a la venta en un par de bateas al frente de su negocio. Es una fruta que debe venderse sazona y salir lo más pronto posible de la que va madurando para no perderla. Para Jafet el problema de la maduración, al contrario, era su mejor negocio: cada día, por ahí de las diez y media de la mañana, recogía los aguacates maduros y se iba con su vehículo a las construcciones, los talleres y, en fin, a los lugares en los que se laboraba jornada continua. El negocio era redondo.
Cuando se acercaba el mes de diciembre y con fines benéficos, las representaciones diplomáticas montaban, en el parque España o en el Nacional, lo que llegó a conocerse como La Feria de las Flores, para la venta de productos de los respectivos países. Jafet era un asiduo visitante. Terminada dicha feria, la clientela del Restaurante El coco podía disfrutar de exquisitos licores, las mejores cervezas europeas enlatadas, novedad de envase que distaba mucho para su utilización en Costa Rica, las boquitas de quesos holandeses o italianos, de jamones españoles enlatados, de salamis...y todo a muy buenos precios.
Don Jafet y el “esparring” de Mosquita Hernández:
Corrían los tiempos del gran boxeo patrocinado por Leví Canes, un promotor israelita. Había una gran actividad en este deporte y en los gimnasios de la Sabana se reunían cantidad de boxeadores de Costa Rica, Panamá , Nicaragua y de otras latitudes. Los extranjeros, generalmente gente que empezaban a abrirse campo volando cachimbazos, buscaban hospedarse en casas particulares que les permitieran estirar los pocos ahorros que se calentaban en sus bolsillos hasta percibir la retribución después de una noche de cachetazos. En vísperas de una de esas veladas, aparecieron y se hospedaron aquí en Santa Ana un novel boxeador panameño, Mosquita Hernández, que luego llegaría a alcanzar su fama en ese deporte, y su “esparring” , un negro joven, humilde y bonachón.
Cierto día entró este “esparring” en el Restaurante El coco y tomó asiento en una mesita situada cerca de la ventana que daba al corredor. Jafet , desempolvando la mesa con un limpión, inquirió del recién llegado:
- ¿En qué lo podemos servir, caballero?
- Mire, señor, yo soy el “esparring” de Mosquita Hernández. Estoy hospedado aquí del Jardín pa'rriba. Estoy limpio porque nos pagan hasta después de la pelea del próximo sábado. Pero aquí tengo un colón cincuenta. ¿Qué me puede dar de comer, porque me estoy muriendo de hambre, por un colón cincuenta?
- Jafet miró las orejas de coliflor del cliente, sintió conmiseración, y le ofreció:
- Puedo servirle un plato de sopa de mondongo.
- Se lo voy a agradecer infinitamente - dijo el entrenador de boxeo poniéndose a silbar una pollera, acompañándose con los compases tamborileados de sus dedos sobre la mesa y de un zapateado cadencioso bajo de ella.
Le sirvieron. El negrito entró en acción sorbiendo y masticando, porque el mondongo es una de esas sopas que a ratos se toman y a ratos se comen. Jafet se fue a conversar con la gente que atendía en la barra, la que, como siempre, si no discutía temas futboleros se dedicaba a despellejar al amigo ausente al que le habían notado, días atrás, la sospechosa conformación de un par de abultamientos corniformes a ambos lados de la frente. Minutos después de estarse entreteniendo con la sopa se escuchó la voz del “esparring” que reclamaba:
- ¡Mire, señor, aquí en la sopa hay una mosca!
Y sin inmutarse, desde el interior del bar, Jafet le respondió: - ¿Y qué quería por un colón cincuenta, qué le pusiera dos?
regresar |