La Verdadera Historia
LA LLORONA
Por Q.R.
Esta es una historia que nos concierne mucho porque la Llorona, aunque usted no lo crea, era – y es – una linda españolita trasplantada, hace un carajal de años, a los tropicales vergeles santaneños.
La historia empieza en 1562. Resulta que el escribano del cabildo del Castillo de Garci-Muñoz, el joven Francisco de Vargas, audaz, galán y apuesto andaluz, cuando decidió acompañar a Juan de Cavallón en la pacificación y descubrimientos de Nueva Cartago y Costa-Rica – uno de los tantos nombres que se nos dio en aquellos años – estaba encamotadamente enamorado de una joven y bella coterránea suya de Málaga, Floripondia de la Mora, la que le correspondía rabiosamente sus arrumacos. La separación no era posible... no cabía en la mente de ninguno de los dos. Francisco se las ingenió para introducir subrepticiamente a su amada en la carabela, nao que partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda con toda la gente del conquistador Cavallón.
Por cierto que de ese mismo puerto había salido Cristóbal Colón para su tercer viaje. La escondió en uno de los botes salvavidas, bien cubierta con una lona y provista de agua y algunos embutidos para matar el hambre durante unos dos meses que duraba la travesía de la Mar Océana. A pesar de los ruidosos y malolientes eructos que le producían los salchichones, las mortadelas y las morcillas, la muchacha no fue descubierta. Sabido es que Juan de Cavallón desembarcó en territorio hoy de Nicaragua y desde ahí hizo la travesía hasta llegar a los llanos de Lindora. El problema de ocultar durante ese recorrido a Floripondia lo solucionó Francisco mezclándola con el grupo de negros africanos esclavos que servían de “machos” de carga de los bastimentos de los españoles, de algunas marimbas – las primeras que llegaron a la América meridional -, así como un hato de vaquillas y un par de toros que dieron origen a la ganadería criolla de nuestro país. Los negros, que querían mucho al joven de Vargas porque este les escribía las cartas que mandaban a sus familiares de la tribu de los bakongo en el Congo, se dieron a la tarea de camuflar a la muchacha: le dieron una mano de betún negro, le pintaron unos labios como los del jugador del Saprissa Ronald Gómez, y la pusieron entre las negras que arriaban el ganado. Nadie notó nada raro. De inmediato se dieron a la tarea de construir la ciudad del Castillo de Garci-Muñoz, exactamente donde estaba el laguito que don Marcial Aguiluz abrió para solaz de los santaneños.
Francisco de Vargas tuvo que ingeniárselas para que no descubrieran a la dama que había traído de contrabando. Para eso construyó, no muy lejos de la nueva ciudad, una cabañita escondida en el medio de un espeso bosquecillo. Algunos historiadores aseguran que ese bosquecillo es el mismo en el que don Marcial tenía, cerca de la casona de la hacienda, una familia de monos congos para que en las madrugadas lo despertaran con sus aullidos.
Al cabo de un montón de visitas furtivas que el escribano le hizo a su amada, esta empezó a ver como su ombligo empezaba, día a día, a alejarse del eje longitudinal de su cuerpo: ¡estaba embarazada! Francisco se desilusionó al verla como olomina de pecera y la abandonó a su suerte. Le dio vuelta con una preciosa indiecita como de trece años de edad, hija natural del cacique Tabarcia. Este, cuando le entraba en serio a la chicha, que solamente la dejaba de tomar cuando estaba dormido, se metía a bajar las jumas en el primer rancho que le quedara a mano. De ahí el montón de hijos naturales que tenía y de que su tribu fuera tan numerosa.
Floripondia dio a luz un encantador españolillo de blanca tez y ojos celestes, que fue parido en medio de dolorosos pujidos y gruñidos de rabia por el abandono en que Francisco la había dejado. Volcó su furia en el niño. Corrió con él hacia el río más cercano, el Uruca, que por aquellos días de octubre estaba bastante crecido, lo reboleó en el aire y...!plas!, acuatizó en medio de la correntada la que se lo tragó para nunca más volverse a ver.
- ¡Dios mío, qué he hecho! – gritó al darse cabal cuenta del crimen que acababa de cometer. Desesperada y enloquecida se lanzó a las aguas tratando de recuperar su tierno infante. Gritaba de todo menos el nombre del niño que había perecido en las aguas sin haber recibido el sacramento del bautismo. Así comenzó el eterno peregrinar de Floripondia, llorando a moco tendido, para arriba y para abajo del río Uruca. Ya lleva más de cuatro siglos de hacerlo, chollándose los “jocotes” y los tobillos entre las piedras, buscando al pobre carajillo.
Pero cierto día... hará de eso unos treinta y cinco años, cuando aún no existía la pista a Ciudad Colón, ni la radial a Belén, ni habían estafado a mucha gente con el Hospital Iberoamericano construido en los potreros que habían pertenecido a don Oscar Saborío, ni mucho menos el Parque Empresarial Forum, un padrecito de la parroquia de Palo Quemado, que estaba libre ese día, decidió irse a pescar a la poza que se formaba en La Peña, en el potrero de Saborío, en lo profundo de un anfiteatro de roca sólida en el que las aguas del río Uruca se vertían como refrescante y cristalina catarata.
Al padrecito se le fue haciendo tarde buscando el pique de algún barbudo o de alguna carpa escapada del estanque que tenía un gringo en su quinta, terrenos que hoy ocupa el Colegio de Santa Ana. En eso estaba cuando notó que de entre unos espabeles que crecían en las riberas del cause se movía una figura que poco a poco tomó la forma de una joven y harapienta mujer que, a grito pelado, revolcaba piedras por aquí y hurgaba en pocillas por allá.
El padrecito se persignó. La envolvió en una mirada de profunda misericordia y entendiendo que aquella mujer no era otra que Floripondia de la Mora, la llamó con dulzura:
- Ven a mi lado, buena mujer – le dijo tendiéndole una mano -, deje su llanto y cuénteme las penas que tanto la aquejan.
Floripondia le narró su larguísima historia mintiéndole un poquito al buen religioso: “... y mi chiquito, al ver las aguas tan refrescantes del río quiso darse un chapuzón, se me zafó de los brazos, corrió y se lanzó de cabeza en una poza... ¡sin acordarse que no sabía nadar! Lo peor es que todavía no había sido bautizado”. Concluyó poniéndose a llorar de nuevo como si le hubieran pasado por los ojos dos tajadas de cebolla morada de la que se siembra en Salitral.
El padre la calmó de nuevo y poco a poco fue explicándole que, para los niños que morían sin el sacramento del bautismo, existía el Limbo, una especie de antesala celestial donde los niños eran cuidados por los patriarcas de Israel mientras les crecían las alitas que los convertirían en querubines.
A la Llorona le cayó la peseta en la mollera, abrió con admiración sus ojos, sacó un pañuelo de su corpiño, enjugó sus lágrimas, se sonó estrepitosamente las narices, le dio las gracias al padre con un beso en su frente... y se fue a ganar algún dinerillo del único modo que podía hacerlo: llorando. Lloraba por contrato en los funerales de gente adinerada, de esas que cuando entregan sus placas al Creador los parientes se alegran, piensan en que se les acabaron los problemas, y no pueden llorar aunque lo quisieran. Para suplir ese inconveniente contratan a las lloronas.
Pero he aquí que cierto día Floripondia se encontró un ejemplar de El Piadoso en el que se daba cuenta de que las altas autoridades eclesiásticas habían decidido, por las siempre incómodas limitaciones económicas y administrativas, cerrar el Limbo. El alma se le fue a los talones cuando entendió que su chiquito había bajado de nuevo a las aguas del Uruca. Con el llanto de nuevo ahogándose en su garganta y con los ahorros que había logrado se fue para el Palí y compró un montón de pañuelos y unas botas colibrí para andar de nuevo entre las piedras del río, desde su nacimiento, cerro arriba de Matinilla, hasta su caída en el cañón del río Virilla. Para arriba y para abajo, llorando desconsoladamente. Para arriba y para abajo, erizándole el pelo a los santaneños que cerca del río escuchaban sus dolorosas lamentaciones.
Yo tuve la oportunidad de conocerla en octubre pasado, cuando el invierno estaba en lo peor con inundaciones y derrumbes por todo lado. Me encontraba, al caer la noche, arriba, en Salitral, tomando un refresco en el bar del Macho Sandí cuando ella ingresó completamente empapada. Se sentó a mi lado y pidió una birra.
- ¿No es usted Floripondia? – le pregunté.
- La mismita – me respondió la española con un inconfundible acento malagueño.
- ¿Cómo va la lloradera – le inquiarí.
- Un poco de moco caída porque estoy algo resfriada y me encuentro afónica. No creo que mi mocosito me escuche.
-¿Pero usted no se cansa de andar por el Uruca, para arriba y para abajo?, ¿Cuánto tiempo lleva ya de andar buscando al chamaquito?
- ¡Cuatrocientos cuarenta y cinco años exactos tengo de buscarlo... pero solo me asusto un poco cuando voy subiendo río arriba, por Matinilla...!presiento que un día de estos el Tapezco me va a caer encima!
- Me quedé observando a Floripondia y noté que el escribano de la Ciudad del Castillo de Garci-Muñoz no la había arruinado gran cosa. Y... ¿por qué no acompañarla a pegar algunos lloriqueos río abajo?
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