Estampa santaneña - Un cuento sobre
LA PRIMERA POESÍA ESCRITA EN C.R.
Por Q.R.
Hoy vamos a hablar sobre poesía. Sabemos que no todo el mundo es amigo de la poesía pero en este cuento vamos a tratar de que lo sea por un rato. No trataremos sobre esa poesía romántica que convierte el verbo amar en una pura lloradera como si fuera una canción de José José. De lo que trataremos es de la primera poesía escrita en nuestro país.
Para conversar sobre esa primera poesía es necesario hacerle recordar al benevolente lector alguna vieja lección de Historia que le dio la niña Cristobalina cuando estaban en segundo grado de la Escuela Andrés Bello López y que muy posiblemente cayó en el olvido, como para muchos que de aquella primera experiencia estudiantil tan solo archivaron en sus molleras leer, escribir y las tablas de multiplicar. A propósito: nunca he encontrado a alguien que me explique por qué todas las maestras que dan clases de Historia se denominan “ la niña Cristobalina ”.
Pues resulta que en la ciudad de Cartago, allá por l574, un joven y enamorado españolillo que respondía al nombre de Domingo Ximénez (hoy, Jiménez), harto del férreo don de mando del que hacía alarde Alonso de Anguciana de Gamboa, gobernador y capitán general de su graciosa majestad en la provincia de Costa-Rica (así, con la rayilla), decidió ahuecar el ala y hacer vida propia no sin antes despedirse de su noviecita dejándole un hermoso poema escrito en seis estrofas (una quintilla inicial y cinco décimas, con versos octosílabos, claro).
Cuando Leda, que así se llamaba la encantadora españolita que desinflaba en suspiros las aurículas y los ventrículos de Domingo, encontró el poema (posiblemente debajo de la almohada) salió corriendo como trompo tataretas a leérselo a todo el mundo, alardeando de ser la primera damita objeto de inspiración poética en todo el recién descubierto mundo que comenzaban a llamar América. Todos los españoles de la nueva metrópoli se la aprendieron de memoria. ¿Quién iba a desperdiciar la oportunidad de declamar a grito pelado el poema que posiblemente sería el primero escrito en América? Hasta que llegó a los oídos del gobernador Anguciana de Gamboa y... ¡se armó la gorda¡ ¡Se cabreó de lo lindo¡
Pero abramos un poco el telón de la historia y echemos un vistazo: Allá por 1573 Perafán de Ribera tiró el tapón como gobernador de Costa Rica y el presidente de la Audiencia de Guatemala lo reemplazó, por dicha interinamente, con Alonso de Anguciana de Gamboa, un ricacho ganadero de Granada, Nicaragua. Su gobernación se caracterizó por perseguir a todo el mundo, en Cartago, en Aranjuez, en la ciudad del Espíritu Santo (Esparza) y hasta los frailes franciscanos se vieron con cadenas en sus pescuezos cuando quisieron salir corriendo de aquí. Como aquellas nacientes poblaciones no tenían construidas instalaciones carcelarias, Anguciana se regocijaba poniendo en el cepo a cualquier cristiano que caía en el campo de su ojeriza. El cepo era un armatoste tipo mampara, en el que la víctima quedaba asida por el cuello y las muñecas de sus manos prensados por pesados maderos. Los había también para engrillar los tobillos.
Pero quememos un poco la impaciencia del amable lector: leamos en voz alta la quintilla y la primera décima, objeto de la furia gubernamental, que las demás están dedicadas a los arrumacos lógicos del galán que se despide para siempre de su enamorada:
Vive, Leda, si podrás
y no penes atendiendo,
que, segund peno partiendo,
ya no esperes que jamás
te veré ni me verás.
Por no ver mi perdición
parto desta tierra aflito,
huyendo de Faraón,
a tierra de promisión
dexando aquesta de Egito.
Y sin duda esta partida
me da pena sin compás
solo de verte afligida;
mas tú, vida de mi vida,
vive, Leda, si podrás.
Domingo no quiso esperar ver la cara que puso el gobernador, conociéndolo como lo conocía y aunque no debía, por castigo impuesto, abandonar la ciudad de Cartago, una noche oscura espantó la yegua – posiblemente a caballo -, y no descansó hasta llegar a la ciudad de Aranjuez, la que fuera fundada por el anterior gobernador, Perafán de Ribera, en 1568.
Lo que sacó de quicio al gobernador, que lo hizo perseguir a Ximénez por toda la geografía nacional , fue que en sus coplas comparara su forma de gobernar con la de los faraones que esclavizaron al pueblo israelita en Egipto y que el poeta, al huir de Cartago, se marchaba a “tierra de promisión”, sea, a lugares más tranquilos. Recordemos que los españoles en aquellos lejanos tiempos venían a América con una total concepción religiosa cristiana y que una comparación con el paganismo egipcio y la deidad faraónica simplemente era un insulto inaceptable.
Los vecinos de Aranjuez no molestaron a Domingo, por lo contrario, pasaban en limpio el poema y la andaban declamando por todo lado, lo que les valió una feroz persecución, un largo juicio y el cepo por parte del gobernador. El poeta debió, a la larga, salir bien librado pues no era ningún baboso: En 1971, cuando Perafán de Ribera fundó en la zona sur la ciudad del Nombre de Jesús, de muy efímera existencia, Ximénez fue su alcalde y dos años después también ocupó ese cargo en la ciudad de Cartago. Como a mí me parece que este bardo fue uno de los españoles que trajo Juan de Cavallón en su conquista, es muy posible que también sea el tatarabuelo de más de un Jiménez, aquí en Santa Ana, en la vieja Cartago y allá por Aranjuez, hoy de Puntarenas.
Pero para cerrar con un poquito de buen humor este cuento... cuento con un poemita un poquitito macabro, lamentando no contar con el nombre del autor que siempre se ha de acompañar. Que nos cobije su perdón:
EPITAFIO
Aquí yace Estefanía,
flaca y aguda mujer,
que bien pudo aguja ser
pues solo un ojo tenía.
Flaco esqueleto de alambre;
en torno a sus huesos vanos
yacen también los gusanos
porque se murieron de hambre.
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