
Con Doble M
MDH. Marlon Mora
Las fiestas de Santa Ana siempre me traen un poquito de nostalgia porque recuerdo aquellos tiempos que en familia ibamos a recorrer sin parar la avenida del frente de la Iglesia del Centro.
Recuerdo como podía encontrarme con mis compañeros de escuela de la mano de sus padres y una que otra compañera ya desarrollada acompañada de sus primas haciendo galantería de su belleza.
Inolvidables momentos e irrepetibles, vale que los disfruté intensamente, porque ya no volverán. Claro, sería melancólico no recordar bien y he aquí mi intento:
La llegada al centro de Santa Ana era muy fácil para aquel entonces había dos vías para entrar al centro del cantón, no habían tantos carros y era fácil encontrar parqueo, por cierto no existían cuidadores porque en esos tiempos no robaban.
Al llegar al lugar de las fiestas subíamos hasta RICESA e iniciabamos la caminata de arriba para abajo hasta llegar al restaurante de don Ronald Traña.
Punto aparte merecen esas inmediaciones porque siempre recordaré a un amigo, Freddy Núñez, que en tiempos lluviosos de julio me pasaba por la cámara de doraditas calentadas por un reflector de 200 watts -pecado con el medio ambiente- y sacaba de su bolsillo para invitarme. El favor se lo devolví un día que rompí el chancho -desde los 8 años me enseñaron a ahorrar y aún me acompaña aquel cerdito celeste-.
Volviendo a las inmediaciones del Súper La Guaria dabamos vuelta de la mano de papi y mami para escuchar en el camino invitaciones a la casa de los sustos: “Quita, quita María Pepa… mírenla como se trasforma: espantosa, terrible -mientras se escuchaban gritos de los espectadores-. María Pepa… la horrorosa amigos -acompañado de un eco fúnebre-”, decía un tipo mientras entraban a una tienda de campaña improvisada de más de 20 personas.
Nunca me animé a entrar esas cosas de apretones comunitarios no me llaman la atención, pero un buen amigo que si entró y me contaba que, efectivamente, la María se transformaba mientras unos “vivitos” se aprovechaban para tocar a los participantes.
Y frente a la Iglesia estaba solemne la venta de comida rápida: chinos, pupusas salvadoreñas, manzanas envueltas de caramelo, churros, maní, algodones y galletas suizas.
De los entretenimientos no podían faltar los dardos o los juegos de azar. En una ocasión casi le pongo en el trasero un dardo al tipo que remplazaba los globitos reventados.
Pero de ese ir y venir recuerdo como más de uno se tiraba cuerda, mejor conocido en la actualidad como echar el “cuento”. Para ese entonces al costado del correo como aún lo sigue siendo se encontraban aquellas parejas que disfrutaban el peligro. Con la A de las piernas abiertas, con la M del sube y baja del cielo a quien sabe donde, con la O ese circulo cerrado que asfixia y con la R notoriamente embarazada… por eso gozaban de las letras de la palabra más peligrosa: AMOR.
Lo digo en broma la verdad la pasaban como dicen los argentinos: ¡relindo che!
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