Guillermo Ramos Morales
Info@elpiadoso.com
Te conozco…
Era apenas un pichoncillo universitario, cuando di con mis huesos en un periódico nacional.
Me pusieron a atender gente que llegaba a poner anuncios diversos en el rotativo.
No sé cómo un viejo corrector de pruebas se dio cuenta de que yo estaba allí y que algo sabía de la carrera de letras.
Un día me entrevistó brevemente y me preguntó si quería ser corrector. Le dije que sí.
Muy pronto, en vez de recibir de pie a los clientes, en el primer piso del edificio, pasé a ocupar lugar detrás de un escritorio, en el segundo piso, y eso representó un ascenso en el escalafón de sueldos.
Con el tiempo me convertí en jefe de varios correctores vejestorios y malhumorados, algunos de ellos profesores.
Por ejemplo, el profesor A casi solo tenía exabruptos para el profesor B, cuando éste salía de la oficina. Y , si A salía, B se lo comía vivo.
Aquello al principio me divertía, pero luego acabó cansándome, pues pasé a ser una especie de testigo o confidente de lo que no me importaba.
Por eso, un día los confronté a ambos y les dije cómo los veía y sentía. Así me atraje la enemistad de ambos en adelante.
El que más llegó a odiarme fue el profesor A y se dedicó a malinformarme con el director, quien me tomó afecto y apreciaba mis cualidades y dedicación al oficio.
Una vez que entré en la oficina, oí cuando A le decía a B: -“Te conozco como si te hubiera parido”.
Sabiendo que A me malquería mucho, jamás volví a hablarle.
A fumaba mucho más de lo que hablaba y trabajaba. Con un cigarrillo iba encendiendo todos los que tenía en las gavetas del escritorio, hasta que la nicotina lo mató.
Un compañero fotógrafo, que tuvo la costumbre de llamarme con afecto Chemín (entiendo que hubo un futbolista con ese nombre y mi apellido) me contó que en cierta ocasión fue a mi oficina a preguntar por mí y A le dijo que por allí andaría yo paseando mi calavera. Yo me reí mucho, dado el cariño que les tengo a mis huesos.
Creo que A pensaba que me conocía como si me hubiera parido, pero nunca fue así.
El profesor B dominaba muy bien el francés, en que impartía clases. Le envidiaba eso.
Cuando llegué a ser su jefe, a pesar de su antigüedad, jamás me lo perdonó. Este también me odiaba, pero aparentaba que me quería. Tal vez pensaba que tuvo la suerte de no haberme traído al mundo.
Ese señor, a quien yo llamaba Tartufo, por su avaricia, un día, cuando yo ya no estaba allí y me sustituyó como jefe, sufrió una pataleta y tuvo que irse para su casa, donde entiendo que quedó ciego o casi ciego y más tarde también falleció.
De ambos, A y B, conservo un recuerdo a la vez grato y ingrato. Que en paz descansen, como yo descanso ahora de ellos.
A ambos creo que los conocí bastante bien, casi como si los hubiera parido.
|