Guillermo Ramos Morales
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“Yo no estuve en la escuela”
Por tiempos me pasa que deseo entrevistar a alguien y se me niega, con el derecho que le asiste, pues un periodista es cualquier cosa, menos un juez. Así, cuando Daniel Oduber se negó a ser entrevistado por la agresiva Pilar Cisneros , con respecto a un mal reputado político a quien se encasilló como “autoridad política superior”, El Pintao dijo que no acudía a la entrevista porque no le daba la gana y así se terminó la discusión.
Con respecto a mi viejo amigo Nacho (Oviedo) Rivera, me ha sucedido que nunca ha querido que lo entreviste, porque es tremendamente arisco para que se hable bien de él, así como, si se habla mal, no le importa. En esto último estamos plenamente de acuerdo; en cuanto a lo otro, disentimos amistosamente.
Conversaciones con Nacho, eso sí, las he tenido interminables.
Escogido por mí, hace mucho tiempo, como asesor personal (sin que él lo sepa), tanto por viejo como por diablo (recuérdese que más sabe el diablo por viejo que por diablo) donde se me ha desempeñado como un Ministro del Interior de gobierno republicano, hay cosas que yo no hago sin su previo consejo.
Así, si algún día llego a tener una finquita, haré con ella lo que Nacho me diga y hasta podría ponerla en sus manos, pues el dueño de las cosas no es necesariamente el dueño sino quien las necesita. Y Nacho necesita mucha tierra, no solo la que cabe en el puño de la mano.
En conversación reciente sobre nuestro admirado José Figueres Ferrer, llamado por algunos El Caudillo, me citó una frase de él, que reza: -“Yo me comprometo a explicar; a que me entiendan no”.
Eso me recuerda otra, de mi viejo amigo, el escritor nicaragüense Carlos Martínez Rivas (qepd). A Carlitos, que se formó académicamente en España y Francia, supe que lo habían pretendido universidades suramericanas, como profesor, pero se negó siempre a ello. Una vez le pregunté el porqué de su negativa y me respondió: -“Porque no se le puede enseñar al que no sabe”.
Esa respuesta me dejó patinando y fue precisamente hablando con Nacho que vine a pretender entenderla.
Yo no soy agricultor de profesión, pero me encanta la agricultura, no por lo que tiene de cultura, sino por otras razones, que harían necesaria la lectura de “Los trabajos y los días”, del autor clásico Hesíodo, o, al menos, vivir en carne propia, como si fuera una transfusión sanguínea, de naturaleza a naturaleza, para comprenderlas.
Nacho es un lector nato. Me honra que lea y comente con entusiasmo lo que escribo y, generosamente, me llame inteligente, cosa que me gustaría ser pero, con costo, tengo para el gasto.
Nacho es un hombre de mucha filosofía, de mucho Dios y poca religión.
Un día me dijo: -“La naturaleza es Dios”. Lo mismo pensaban los que inauguraron la filosofía, allá por los siglos anteriores a la venida de Cristo.
A veces me repite que no estuvo o casi no estuvo en la escuela. Creo que lo dice con no disimulado orgullo.
La mejor escuela de Nacho amanece antes de que salga el sol, cuando se inclina sobre el surco, procurando que las semillas se conviertan en sandías, tomates, chiles dulces, culantro de Castilla, cebollas, ayotes, vainicas, camotes o tiquizques.
Y yo creo que, para vivir eso, no se necesita ir a la escuela.
Aprovecho para insertar, de Martínez Rivas, este breve poema:
No
Me presentan mujeres de buen gusto
Y hombres de buen gusto
Y últimos matrimonios de buen gusto
Decoradores bien avenidos viviendo en medio
De un miserable e irreprochable buen gusto.
Yo sólo disgusto tengo.
Un excelente disgusto, creo.
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