Guillermo Ramos Morales
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HAY QUE TENER PACIENCIA…
Trabajé, hace mucho, en la UNA (Universidad Nacional), de donde, por cierto, me echaron con malas artes e inmoralidad los comunistas, porque supieron que yo había sido miembro, con alguna relevancia, del Partido Liberación Nacional. Cuando llegué allí no sabía que ambos grupos ideológicos se disputaban el llamado campus universitario, como si fuera un campo de guerra.
Los camaradas, porque no quise prestarme a sus juegos, llegaron a acusarme, empleando para ello testigos falsos comunistillas, de andar chingo en horas de oficina. Yo solo ando chingo cuando me baño, de vez en cuando.
Había por entonces una señora mayor que llegaba a vender golosinas en una batea. Me gustaba comprarle y simpatizaba con ella, aunque cierta gente consideraba que, en la entrada de la universidad, ella ofrecía un feo espectáculo.
Me convertí en amigo y aliado de la anciana. A veces, mientras ella se retiraba a hacer alguna necesidad, yo le cuidaba la venta.
Un día le pregunté cómo le iba con el negocio. Me dijo que a veces bien; otras, no tanto; pero que en esta vida hay que tener paciencia y en el c. resistencia. Se quejaba porque cierta gente la trataba mal.
Amigos como éramos, un día me dijo con agradecimiento y cariño que, cuando tuviera plata, iba a invitarme a tomarnos un par de cervezas en un lugar de Heredia que llamaban el c. con c., porque allí no había sillas, sino que había que sentarse en una larga banca corrida, donde los clientes se acomodaban uno al lado de otro. La ventaja eran los bajos precios.
Jamás fuimos al c. con c., nunca supe dónde quedaba y a ella nunca volví a verla.
Nunca olvidaré aquella máxima de que para vivir hay que tener paciencia y algo más. Tampoco a los desgraciados que me sacaron de la U., un centro superior de enseñanza donde se pretendía estar de parte de la sensibilidad social.
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