Guillermo Ramos Morales
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Vargas Vila, el infame
Era bastante joven cuando oí hablar de José María Vargas Vila, como un bicho raro que escandalizó al mundo católico, especialmente de Latinoamérica.
Aclaro que, según el diccionario, infame es quien carece de honra, indigno, despreciable; muy malo en su especie. Pero esos no son más que conceptos.
Bien se sabe que los tres países más católicos de este subcontinente son Colombia, México y Costa Rica, en su orden, por la impronta española que figura en su historia.
Vargas era colombiano, periodista, diplomático, novelista, poeta.
José María, a quien ahora me permito llamar Chemita, escribió una frase, que puso en boca de uno de sus personajes y que decía, con respecto a su madre, más o menos así: “-Me concebiste por placer y me pariste por necesidad”. Nada más exacto ni más corrosivo, pues los hijos del amor son pocos. Casi todo ser humano nace por accidente, ciertamente cultural.
Como, en el orden cultural no se puede o no se debe enarbolar la contracultura sin sufrir las consecuencias, Vargas Vila fue borrado del mapa santoral.
Cuando estuve en Colombia, su país, no pude conseguir en librerías ni una frase escrita por aquel abanderado de la sinceridad. Fue sincero, aunque se equivocara, no en su desprecio a la hipocresía.
En mis estudios filológicos, Vargas Vila figura como un hombre abolido. No existe. Todo el mundo se pasó la voz de que no había que leerlo. Probablemente está excomulgado. De ser así, pienso que nunca le importó.
Chemita, (1860-1933) se fue del mundo menospreciando la debacle de las poses y la falsedad ideológica, de todas las astucias con que se engaña a los ignorantes.
Hoy podría decirse que Vargas Vila constituye un lastre para la civilización católica, pero yo me permito situarlo en el altar de la patria celestial de la libertad, donde no pueden entrar tiranías, que pretendan decirnos cómo debemos ser para no incomodar al mundo, a los policías del pensamiento.
El arte literario, cuando es bueno, no es complaciente ni está fundado en el afán de famosidad, renunciando a la naturaleza humana, para abrazar el espejismo de la perfección.
Entre las obras célebres de V.V. están Aura y Flor de fango, donde no transigió con pendejeras emocionales ni intelectuales, sino que fue un resuelto enemigo de las poses convenientes.
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