Guillermo Ramos Morales
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CAMPESINO, CASI DEMASIADO CULTO
Conocí a A.S.M. donde he conocido a cantidad de personas: trabajando en periódicos. Era cabezón y feíto, pero tenía un cerebro que estrenó a su debido tiempo, durante su infancia barveña. Cuando no se estrena el cerebro en esa instancia, casi nunca se estrena jamás.
El fue lo que se acostumbra llamar un autodidacta, alguien que, con estudios académicos o sin ellos, se realiza a sí mismo en la contemplación y el estudio, amarrado a los libros.
Aficionado a las letras, al pensamiento humanístico, a la lógica, al análisis de laboratorio de las cosas que dicen los sabios, pretendidos o auténticos.
Muy amigos, con iguales preocupaciones idiomáticas, jamás competimos sino compartimos el manjar de un mismo interés.
Se manejaba con soltura en unos doce idiomas y las materias de bachillerato le eran familiares y manejables en matemáticas, estudios sociales, geografía e historia, etc. y eso lo convirtió en un asesor confiable para estudiantes retrasados o vagabundos. Su problema fue que, como a todo genio natural, le fallaron las compuertas para su destino práctico, natural.
Profesor por antonomasia, exigente con él mismo y con los demás, detestaba que sus comentarios periodísticos aparecieran con errores y por eso me solicitaba que le vigilara esos comentarios, por su confianza en la calidad de mi oficio de corrector.
Una vez lo contrataron en el Banco Central para que se hiciera cargo de sus publicaciones pero, como su etiqueta en el vestir consistía en pantalones de army y camisas baratas, nunca se sintió bien entre enchaquetados de saco y corbata y prefirió irse para su casa, a seguir encontrándole errores al Diccionario de la Real Academia Española.
Una vez me contó que iba los sábados a Pozos de Santa Ana , a preparar a una muchacha para su bachillerato. La pregunté cuánto cobraba por ese servicio y me dijo que nada. Que el padre de la muchacha, al finalizar sus clases, le servía un litro de guaro y un pollo asado.
Un día de tantos me hallaba en Barva, en el entierro de la madre de un compañero. Supe que A. yacía en cama en fase terminal. Fui a verlo, muy poco antes de que la cirrosis hepática acabara con él y toda su sabiduría.
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