PIEDADES DE MIS AMORES
Alejandra Ramos Camacho
Hola, tío Memo:
Espero que estés muy bien. Hace mucho que no te veo.
Tío, estaba viendo tu espacio en el periódico El Piadoso y me trajiste muy buenos recuerdos de infancia.
Precisamente anoche estaba recordando con Allan y mami el Piedades de cuando yo me criaba, mis mejores recuerdos sin duda. Ahora, cuando paso ocasionalmente por ahí, me cuesta mucho reconocerlo. Ha cambiado mucho, tío. Es doloroso ver la antigua casa de mis abuelos, donde nos criamos tantos. Cómo está de deteriorada y cómo todo lo ha invadido el comercio.
Me acordaba de personajes como doña Martha, una señora a la que apodaban Martha la loca; de Nina. ¿Te acuerdas de Nina, tío? Ella siempre iba caminando de Piedades a Santa Ana, ida y vuelta. Cuando pasaba por la casa, como la puerta de enfrente casi siempre estaba abierta, se metía a la casa sin que nadie se diera cuenta y en más de una me pegó un susto, quitándome la cobija cuando estaba dormida o saliéndome por detrás como un espectro... ja, ja...
Tinita Rojas, Manco...
Me gustaba jugar en la casa de las tías Rafaela e Isabel, en la casa de Lucila, en las chancheras ya sin uso de tío Job, y en la iglesia, por supuesto; me echaba unas carreras con mi velocípedo rojo por las aceras de la iglesia, dignas de una medalla de oro.
Martha se sentaba con su radio en la mano a escuchar música y decir improperios, mientras yo le revoloteaba alrededor, imaginando ser la mejor policía, o una simple ama de casa haciendo los quehaceres domésticos.
Cómo cambian los tiempos, tío. No sabes cómo extraño levantarme a las cinco de la mañana a traer la leche donde las señoras encargadas de hacer las hostias para la iglesia, de las cuales no recuerdo su nombre, pero sí muy bien de ellas, el olor dulzón del corral y las vacas rumiando.
Por supuesto, en aquel entonces me enfurecía que me levantaran a esa hora y salía de la casa muy enojada, porque no mandaban a Jimmy o a Doris a hacerlo, ellos que eran más grandes, pero cuando salía de la casa el aire fresco y los colores de la mañana me llenaban el alma y disipaban todo mal humor.
Me desilusionaba tanto cuando no quedaban recortes de las hostias, porque además de que me gustaba comerlas, me gustaba también jugar a darles la comunión a mis muñecas. Jugaba en los gallineros de abuela, o en lo que todos llamábamos el caminillo, que era el espacio donde abuelo y papi guardaban la madera, aquel que estaba entre los gallineros y todos los árboles de frutas que quedaban al fondo de la propiedad. Me pasaba horas jugando con mis amigos imaginarios en ese lugar. Hacía un excelente café para mis vivitas con la broza de café que abuela me regalaba después de haberme pasado largo tiempo lavándole los chones una y otra vez en la pila grande de la cocina con una astilla de jabón azul que, por supuesto, yo le decía que se había terminado, para poder llevármela a mi casa del gallinero a lavar mi ropa que, por supuesto, eran trapos viejos y vestidos de muñecas. Mi abuela me echaba una miradita de reojo de cuando en cuando y se sonreía disimulada para no despreciar mi buen trabajo de lavandera.
Aunque suene raro disfrutar lavarle los chones a la abuela, esa era una faena que me gustaba realizar... ja, ja...
Pasar tiempo con la monjas en el convento era algo muy divertido. Me acuerdo de la hermana Lucía , una novicia joven de ojos muy azules y piel muy blanca, que era muy buena y que me enseñó una canción que todavía a veces cuando estoy triste y lloro a solas recuerdo: “cuando era pequeño, muy pequeño, recuerdo que siempre junto a mi cama, juntaba las manos y de prisa rezaba”...
Participar en misa y por supuesto ayudar al padre Ramón con los bautizos para que me invitara después a desayunar en la casa cural las cosas tan ricas que hacía Carmen, la muchacha que lo ayudaba; era algo que también me gustaba hacer. A casi todo el pueblo le desagradaba el padre Ramón, pero yo lo apreciaba mucho. ¿No sabes qué es de él? Me gustaría volver a verlo. ¿Te acuerdas del padre Barrantes? Nunca se me olvida cómo esperaba que llagara a mis cumpleaños con su sotana impecable y ese olor particular que tienen los sacerdotes, a sacristía e incienso. Siempre me daba un regalito envuelto por él mismo, con mucho cariño y respeto, como me decía.
Pero los mejores recuerdos de mi vida los tengo con mi abuela María, mi Mariquita.
Todavía tengo vivo el sabor tan exquisito de su comida, el pan esponjoso y doradito, las tortillas abombadas rellenas de arroz fresco, los frijolitos con orégano, la flor de itabo que doraba pacientemente en la sartén...
Sé que a más de uno le sonará aburrido compartir cuarto con la abuela, escuchar Radio Fides y rezar el rosario todas las noches, pero yo lo disfrutaba, sentía una paz y tranquilidad que pocas veces en mi vida he vuelto a sentir.
Compartí tantas cosas con ella, que evoco su recuerdo para sentirme feliz. Recuerdo sus ojos azules tan bondadosos, su pelo tan largo peinado con moño, su olor, su amor, su ternura, su caridad para con los demás. Son recuerdos tan vívidos que los olores y sabores siguen presentes todavía, así como los recuerdos de abuelo Janro, sentado en el corredor, en su mecedora, fumando tabaco en su pipa. El domingo esperado para que sacara una peseta de su monedero rojo y después salir corriendo a la pulpería de los Morales a comprar la peseta de confites de mora y mantequilla, envueltos en papel de pan, una pulpería como ya creo no quedan...
Los domingos en que tío Carlos llegaba de visita y a pesar de que era un tío muy querido, en cuanto me daba cuenta de que llegaba, salía corriendo a esconderme debajo de la cama de abuela, en donde me encontraba para sacarme agarrada de la nariz, que yo sentía me iba a arrancar... ja, ja... Ay, tío Carlos... siempre me dejaba la nariz roja y adolorida...
Qué buenos eran esos tiempos, tío. Podría seguir escribiéndote por horas muchos más recuerdos, de esos que siguen vivos y que siempre me sacan una sonrisa de nostalgia de cuando en cuando.
Espero que estés muy bien, tío. Aquí te mando una foto mía, por si ya no te acuerdas de mí. Hace mucho que no nos vemos, por el trabajo, el estudio, el ajetreo diario. Qué difícil es vivir estos tiempos...
Un gran abrazo, tío Memo.
Alejandra Ramos C.
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Querida sobrina:
Tu mensaje me llenó de lágrimas de alegría.
Debes seguir escribiendo porque, para mí, sos una escritora nata.
Muchas gracias.
Tío Memo
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