Guillermo Ramos Morales
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En los tiempos de antes, casi todos éramos sencillos, no tanto por la pobreza, sino porque la vida misma era mucho más sencilla que ahora, sin celular ni carro. Casi no teníamos que llamar a nadie y nadie nos llamaba y, para trasladarnos estaban, en primer lugar, las canillas o, a lo más, la bici o algún ruquillo medio mañoso. Carro solo lo tenían los ricos, como mi buen amigo Ricardo Céspedes.
Empezó a aparecer el orgullo cuando la gente se fue haciendo de plata y a mirar a los demás, como dicen, por encima del hombro y enarcando las cejas como los malos actores de cine mejicano.
El dinero y otras formas de poder como el político y la fama hicieron surgir el orgullo.
En un reciente encuentro y paseo con el connotado comerciante Ricardo Céspedes, dueño aún hoy de una culta sencillez, me contaba que, cuando éramos estudiantes de colegio, nos mandaban el almuercillo en el último asiento de los autobuses, hasta la Coca Cola.
Recuerdo que compañeritos míos, que disfrutaban de una beca municipal de diez colones mensuales, viajaron en bicicleta desde Santa Ana hasta San Pedro de Montes de Oca, con el almuerzo colgando de la manivela y, en ocasiones les llovían aguaceros para que no les faltaran dificultades. A mí mi padre me daba todos los días la plata para pagar los pasajes y algo más para un helado de palillo. Muy rara vez, si había economizado, me alcanzaba para una sopa, que costaba un colón cincuenta en una soda restaurante, al sur de la iglesia de San Pedro, donde hoy está un outlet.
El bus de San José a San Pedro cobraba quince céntimos y salía frente al negocio llamado Ciudades de Italia. El trayecto hacia Montes de Oca estaba bordeado de cafetales en buena parte.
Cuenta Ricardo que uno de los almuerzos que viajaban en bus era el de mi tío Job, quien tenía una carnicería en el cruce de San Rafael de Escazú. Sin embargo, a veces, a los choferes se les olvidaba dejárselo allí e iba a parar a la Coca. Según parece, algunos estudiantes o los mismos choferes entonces hacían fiesta con el buen almuerzo, que llevaba de todo bueno: huevos, carne de calidad, buen refresco.
En ocasiones algún almuerzo se quedaba botado y andaba luego rodando dentro de una bolsilla por debajo de los asientos, como si nunca hubiera tenido dueño.
Yo siempre fui muy mal comerciante pero alguna vez se me ocurrió llevar bananos maduros para venderlos a los compañerillos.
Los estudiantes de procedencia campesina éramos vistos en el colegio con cierto menosprecio por los que eran oriundos de San Pedro, Barrio Méjico y otros lugares, pero nos sacábamos el clavo, superándolos netamente con nuestras calificaciones.
Hoy, cuando voy a visitar la Universidad de Costa Rica y las librerías que hay por allí, a veces me regalo con un buen almuerzo y remato con un café especial, recordando que, por ratos, los tiempos pasados fueron en algún sentido mejores. |