TIEMPO DE SIEMPRE
Guillermo Ramos Morales
info@elpiadoso.com

Mi amigo Chico Panzón
Guillermo Ramos Morales
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Para llegar hasta la casa de mi amigo Chico Panzón, me encaminaba, de niño, por aquellos trillos, tan frecuentes dentro de las propiedades. Entraba por donde Chico Porras o Tino Sibaja, contemplando los jiñocuabes de las cercas. Si era por Semana Santa, las famosas chicharras ensordecían mis oídos con su desafinado violín de una sola cuerda.
Había una quebradilla en que abundaban olominas y cabezones. Recuerdo que podía pescarlos directamente con la mano, porque eran abundantes y mansos pero, como no eran comestibles, los liberaba de nuevo.
De paso, recogía güísaros y guayabas que, al morderlos, soltaban jugo mezclado con tierra, pero así iban para adentro, a incrementar el vivero de lombrices. Por eso, de tiempo en tiempo, los güilas teníamos que tomar un timol para matar esos bichos, antes de que empezaran a salir por la nariz y las orejas.
Chico vivía en una casita muy humilde, a unos cien metros de la de mi tío Gustavo.
Adonde tío Gustavo me gustaba ir por aguacates, que él nos regalaba en cualquier cantidad. No era como ahora, en que hay que pagar en el súper hasta quinientos pesos por un infeliz aguacate, como diría Pío Luis Acuña.
La condición de panzón de Chico era honorable. Su panza no era colgante o tirada hacia arriba, sino bien acomodada, como un canasto de coger café. Se diría que llevaba aquella cantimplora de carne y grasa con orgullo y sustentada en abundancia, aunque tal vez de pobre nutrición, pero su sistema digestivo no desaprovechaba un centímetro cúbico.
La voz de Chico estaba bien nutrida de acordes ásperos, compactos, varoniles.
Ignoro adónde fue a parar Chico, porque me fui largos años del pueblo y no supe del final de su vida. Me imagino que, para trasladarlo al lugar de su último reposo, deben haber hecho falta media docena de hombres; dos para aguantar la panza y cuatro para el resto del cuerpo. Pero se habrían necesitado una docena de amigos para acarrear la bondad de su alma, su humildad y don de gentes.
Me siento amigo de todos sus hijos, que le han copiado lo mejor a aquel caballero. |