Tiempo de Siempre
Guillermo Ramos Morales
Info@elpiadoso.com
¿Quién dijo sopa?
Hay un lugar en el centro comercial de Piedades que se llama El Tablado. A él se sube por gradas de hierro, pues todavía no han puesto el ascensor, y llega uno a un segundo piso desde el cual puede verse hacia el este, para contemplar el paisaje montañoso o, si se mira hacia abajo, se divisa al ya muy viejo compañero de escuela Misael Zamora diciéndoles piropos a las muchachas y señoras o también uno ve cuando pasan carros disparando humo y ronquidos de motor y, si es de noche, se observan cantidad de luces de la Compañía de Fuerza y Luz, por todas partes, como candilejas contra la oscuridad.
Viendo siempre hacia el este y noreste se ve el Edificio Amparo, lugar en que un lejano Emilio Artavia me construyó mi primera casa, con un costo de once mil colones y que, muchos años después, me costó vender en 55.000. Frente a ese edificio se ve la calle que lleva al Ebais, donde cada vez que llego me regañan amistosamente por mantener la presión siempre alta, a causa del consumo de sal y cigarrillos y otros pormenores que no vienen al caso.
Todo está bordeado de árboles grandes, algunos con música de colores rosados, amarillos y celestes. Desde allí también se ve la avenida central del pueblo, por donde he pasado un millón de veces, sin terminar de conocerla, humanamente hablando. Hacia el sureste, el hermoso templo católico, que me llena de nostalgia por el viejo templo, en cuyos huecos de las puertas hacía mis lecturas de bachillerato, conversé muchas veces con Emilio Porras y tuve oportunidad de hacer sonar el armonio, pedaleando para hacer funcionar el fuelle y donde Tinita Morales me enseñó un catecismo que pude memorizar pero nunca aprender. Recuerdo el antiguo cloc, cloc del reloj, del cual colgaban cadenas y la bulla maravillosa de las campanas convocando a los fieles para la rezadera o avisando que alguien acababa de iniciar el viaje sin regreso y a quien se despedía con un funeral en que se cantaba Qué alegría cuando me dijeron… y se iba hacia el oeste sobre los hombros solidarios de cuatro fornidos muchachos, dejando atrás afanes, alegrías y pesares.
Un poco más arriba, hacia el monte, hay unas pocas casas, que parecen montadas sobre los árboles, incrustadas entre lo verde y las crestas lejanas de los cerros parecen haber sido dibujadas con un lápiz de punta fina.
Ya por aparte, si uno se acerca al mostrador de Charlie, pueden servirle una ginebra extraconcha o incluso inglesa, o también una birra que suda frío como una persona con fiebre mortal. Pero todo eso no es nada si logra quedarse un rato porque, desde buen temprano, Rafa Salazar ha estado inventando sopas de las que resucitan a un muerto, de esas que le sacan a uno los mocos, más si está cargadita de chile picante revuelto con cebollas y otros chunches que la mano cocinera de Rafa crea para regocijo del paladar y uno se da cuenta de que la cuchara se hizo para ingerir ese pozo de misterio llamado sopa, que va directo a las venas para que uno se sienta mejor que nunca, como se siente la tierra luego de un abundante aguacero que la fertiliza con sus clavos de agua.
Sí, señores, sopas hay muchas, pero yo me quedo con las de Papín, por rejuvenecedoras y porque, aunque no rejuvenecieran, son un festín que no me gusta perderme cada vez que puedo.
Cuando oigo, desde la cocina, que preguntan ¿quién dijo sopa? yo levanto la mano por encima de mi cabeza porque estoy listo para la pelea, cuchara en mano y, a veces, prescindo de la cuchara y uso la boca como un embudo, para que la caliente sabrosera busque su camino por el alegre tracto digestivo.
Soy sopero y lo mismo me da una que otra sopa, ya sea de albóndigas, verduras, menudos de pollo, tomate, cuchillos de palo, lentejas, mondongo, fideos de letras o también la famosa zopilota con dos posturas adentro.
Brindo, pues, por toda clase de sopa que caiga encima de un buen aperitivo. |