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Suave, loco…

Tiempo de Siempre
Guillermo Ramos Morales
Info@elpiadoso.com

Suave, loco…

Estamos en la era mundial del narcotráfico.

De nada valieron la muerte de Pablo Escobar Gaviria, ni la prisión en Estados Unidos de los hermanos Rodríguez Orejuela, los máximos gamonales de ese asunto en Colombia, porque el poder del negocio se desparramó a muchos otros empresarios de la droga, que tienen compradas a las autoridades mexicanas, las cuales sirven de puente para que la mercadería entre en su principal mercado, los Estados Unidos de América.

En el mundo actual, en que parece cada vez más difícil encontrarle sentido a la vida, como lo han pretendido tantos psicólogos, psiquiatras, filósofos, estadistas, etc., el consumo de drogas está en su agosto de todo el año.

Las drogas matan al hombre en la ilusión de vivir, un vivir que es ir muriendo de a poquitos, con anestesia que lo hace ajeno a la toma de conciencia.

 

A veces la droga llega al plato de inocentes desprevenidos.

Es ahora cuando recuerdo la anécdota de una viejita que tenía un hijo drogadicto. El poco la visitaba y, un día, fue a verla. Llegó con ganas de escapar lo antes posible de la casa de su madre, quien se pasaba rogándole que abandonara sus aficiones. Le pidió que se quedara un pequeño rato, para darle, al menos, una sopa Maggi.

 

Cuando la señora preparaba el mejunje, el hijo echó en la olla en que cocinaba un poco de raíz de marihuana y, como las mujeres tienen la costumbre de estar probando lo que cocinan, para ver si ya se suavizaron las papas, la buena señora se fue pigiando.

 

Al reconvenirle el hijo para que le sirviera lo antes posible, ella le dijo, con la vista ya un poco turbia: -“…suave, loco…”.

 

Hace muchos años, compré un libro sumamente revelador, que nunca he podido comprender en todas sus implicaciones filosóficas. Se llama Tractatus Logico-Philosophicus, del alemán Ludwig Wittgenstein. Libro complejo como hay pocos.

 

Hay un momento en que el autor dice: -“Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad; y, de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.

 

Esa afirmación me parece demasiado clara hasta para el talento más modesto. Sin embargo, a veces me pongo a meditar en qué es exactamente lo que quiere decir y termino diciéndome como la viejita: -“Suave, loco…”, como si cayera en la niebla de la incomprensión..

 

Un drogo puede no ser otra cosa que un filósofo frustrado, pero, por el mismo camino, suelen andar los místicos, los héroes, los santos y los grandes perversos, sin que logre comprenderse qué los empuja a sus maniáticas aventuras.

 

Alguien dijo que la vida no tiene otro sentido que el que uno pueda darle.

 

Me quedo, por ahora, con esta afirmación, sin comprenderla del todo, pero qué consuelo tengo cuando recuerdo la admonición de la viejita: -“Suave, loco…”.

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