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LA DOÑA DE LOS FRESCOS

Tiempo de Siempre
Guillermo Ramos Morales
Info@elpiadoso.com

LA DOÑA DE LOS FRESCOS

La expectativa por los cambios de estación existe en todos los países del mundo.

En las zonas geográficas en que hay verano, invierno, otoño y primavera se da un apuro por causa de que esas estaciones se suceden con rapidez y en lapsos cortos.

Nosotros tenemos la ventaja de que el invierno llega para quedarse casi medio año y el verano es parecido.

Hay algunas características meteorológicas que simulan ser, entre nosotros, el equivalente del otoño y la primavera, sin perfilarse como estaciones verdaderas.

A mí me encantan los principios de verano con sus soles y vientos y porque uno puede ir a pasear confiando en que no lloverá pero, sobre todo, los principios de invierno en que, temerosos de la humedad pero, también, ansiosos de ella, para que florezcan las lechugas sus frágiles hojas tiernas y se realice el milagro del agua de lluvia, que nada tiene que ver con el agua de manguera, por su composición química y otros factores de energía, y nos permite ver que una semillita se convierta pronto en un fenómeno de verdor y fuerza.

 

Me encanta ver que la tierra acepta el agua de lluvia en un connubio que se parece a una vorágine de vida y de salud.

 

Ciertamente, como uno ya está en las calambreces de los viejos, no está tampoco para andarse mojando y, mucho menos, para caminar chapoteando descalzo en los caños, como podíamos hacerlo cuando teníamos potencia para desafiar los cambios climáticos.

Ahora, una mojadilla lo manda a uno a comprar Panadol fuerte.

 

El agua de invierno es una forma de vida que baja a saludarnos con su sombrero de espuma y nutrientes.

 

El poeta francés Arturo Rimbaud escribió este verso simple: “-Llueve dulcemente en la ciudad”. Esto es cierto, pero estimo que llueve mejor donde no es ciudad, y a veces un palillo que parecía muerto y seco resucita y llega a convertirse en un vigoroso árbol difícil de derribar.

 

La lluvia es capaz de convertir un grano de maíz en una mazorca, en un elote, o un frijol en un conglomerado de vainicas con nuevos frijoles destinados a acompañar un espeso plato en que está presente el pellejo de chancho.

 

Entre la lluvia y la tierra hay un convenio a favor del hombre y sus necesidades en los planos psicológico, económico, nutricional y regocijante.

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